La visita del Ratoncito Pérez

E. Touchette

Este año he crecido mucho y soy prácticamente un adulto. Por eso, el otro día se me cayó el primer diente de leche. El segundo se me cayó pocos días después, pero a nadie le interesa el segundo. Por ejemplo, nadie recuerda que yo llegué el segundo en una carrera que hicimos toda la clase, pero todo el mundo recuerda que Susana Bragas-Sucias ganó. Yo llegué el segundo porque Yihad había hecho tropezar al Orejones y entonces el Orejones lo agarró de la pierna para que tropezara él también. Cuando Yihad se cayó, todos los demás tropezaron formando un montón en el suelo y la sita Asunción se puso negra. Fue la primera vez que estuve a punto de ganar algo. Pero lo único que la gente recuerda  es que Susana Bragas-Sucias ganó y que a Yihad lo castigaron por una semana. La vida es injusta.

Como te decía antes, el otro día se me cayó el primer diente de leche. Se me movía cuando me desperté y, mientras desayunaba krispies, jugué a moverlo con la lengua. El Imbécil se reía, pero mi madre no. Ella no tiene paciencia, ni sentido del humor. Aunque le gusta mucho darme collejas, aquel día no me dio ninguna. Quizás, como se me movía un diente, estaba empezando a tratarme como si fuera más mayor. Me dijo:

—Manolito, si el diente se te cae hoy, tienes que acordarte de ponerlo debajo de la almohada para que el Ratoncito Pérez se lo lleve y te deje 100 pesetas.

—¿El ratoncito? ¿Quién es el Ratoncito Pérez? —le pregunté a mi madre. Pero ella me dijo que era muy tarde y que tenía que irme a la escuela. Como no me  levanté inmediatamente de la silla, me dio una colleja. Cuando llegué a la escuela, se lo pregunté al Orejones. Él me explicó que el Ratoncito Pérez es un ratón misterioso y mágico que viaja por todo el mundo cada noche para recoger los dientes de los niños. También me dijo que, a cambio del diente, te deja 100 pesetas debajo de la almohada.

—¡Tiene tropecientos millones de dientes! —me dijo el Orejones—. Nadie sabe cómo se mueve de un lugar a otro, ni qué hace con los dientes. Creo que está construyéndose un castillo con los dientes.

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Aquella noche, mientras cenaba, se me cayó el diente y por la noche lo puse debajo de la almohada. Me costó un poco quedarme dormido. Cuando me desperté por la mañana, miré debajo de la almohada y ¡había una moneda de 100 pesetas! Me alegré muchísimo. Por la tarde, la usé para comprarme un helado enorme de chocolate. Les mostré al Orejones y a Susana mi helado grandísimo y mi agujero pequeñísimo en la boca, pero no se pusieron celosos.

En ese momento, Yihad pasó por nuestro lado a toda velocidad con un patinete nuevo. ¡Un patinete! Por si no lo sabes, un patinete es la cosa más guay del mundo. Todos nosotros queríamos tener un patinete. Yo le había pedido uno a mi madre millones de veces, pero siempre me decía que yo tenía que ahorrar dinero para comprarme uno. Lo malo es que un patinete cuesta 1000 pesetas, que yo ni tenía ni tendré nunca.89cf7d3f7c5242ddb9752e7ae4054882

Pero esta historia todavía no se ha acabado. Por suerte, soy un tipo muy creativo y se me ocurrió una idea genial. Si el Ratoncito Pérez me dejaba 100 pesetas por cada diente, si conseguía arrancarme diez dientes, conseguiría las 1000 pesetas para comprarme un patinete. Me fui a casa y hablé con mi abuelo:

—Abuelo, ¿tú sabes algún método para arrancarse un diente?

—¡Claro! —me dijo mi abuelo—. Lo primero que tienes que hacer es conseguir un hilo delgado. Después, tienes que atar uno de los extremos del hilo al diente que quieras arrancarte y el otro extremo al pomo de una puerta. Entonces, cierras la puerta de golpe y con fuerza.

Aunque parecía un buen método, yo sabía que era imposible coger un hilo del costurero de mi madre, que estaba en su cuarto, y cerrar de golpe una puerta sin que ella me descubriera. Me fui a la calle para encontrarme con mis amigos y pedirles ayuda.

—¿Vosotros sabéis algún método para arrancarse un diente?

El Orejones me dijo que podría pedirle a alguien que me diera un puñetazo en la boca. A Susana le pareció una buena idea y le dijo al Orejones que me diera un puñetazo. Pero el Orejones, que es mi mejor amigo,  dijo que no podía hacer algo así. Entonces, Susana me dijo que se lo pidiera a Yihad. Yihad me dijo que no iba a hacerlo porque yo era un chivato y se lo diría a mi abuelo. Yo le prometí que no se lo diría. Entonces, Yihad dejó el patinete y me dio un gran puñetazo que me hizo ver las estrellas y la luna. Miramos por todas partes, pero no había ningún diente en la calle. Era una derrota trágica. Nunca conseguiría arrancarme diez dientes…

De repente pasó una cosa increíble. En un ataque de generosidad, Yihad nos dijo que podíamos dar una vuelta con él en su patinete. Pero, de uno en uno. Aunque Yihad es un chulito, no es malo del todo.

Yo fui el primero. Me puse de pie en el patinete detrás de él y lo agarré por la camiseta. Yihad empezó a avanzar por la calle, cada vez más rápido. El patinete temblaba debajo de nuestros pies y, de repente, ¡me caí! Me di un golpe en la cabeza y volví a ver las estrellas. Me dolía muchísimo la boca. Mientras tanto, Yihad no paraba de quejarse porque le había rascado la pintura del patinete. Si no hubiera sido tan maduro, habría llorado, pero no lloré.

—¡Mirad, mirad! ¡Aquí hay un diente!

Efectivamente, había un diente en la calle. Mi diente. Yihad estaba muy contento porque ahora podría ahorrar para comprarme mi propio patinete y no le rascaría el suyo. Miré al Orejones y a Susana. Ellos me miraron a mí y mi diente ensangrentado.

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El Orejones me dijo:

—Manolito, creo que será mejor que esperes a que se te caigan los dientes cuando quieran.

A mí me pareció que mi amigo tenía razón. Aquella noche el Ratoncito Pérez volvió a visitar mi casa y me dejó otras 100 pesetas debajo de la almohada. Al día siguiente, decidí comprarme otro helado gigante de chocolate. El patinete tendría que esperar…