Una tarde de película

Autores: Andrew Drinkwater y Drew Kiley

Un día de primavera, yo estaba sentado en una silla, comiéndome un helado gigante. Repentinamente, oí una voz en la distancia.

—¡Manolito!

Miré a mi alrededor, pero no había nadie. ¿De quién sería esa voz?

—¡Manolito!

La voz habló de nuevo, más alto esta vez. Me sonaba muy familiar, pero no sabía con seguridad de quién era.

—¡Espera! Creo que esa es la voz de…

—¡¡Manolito!!!

Me desperté ante la mirada fulminante de la sita Asunción.

—Manolito, ¿puedes decirnos el resultado de la resta que está en la pizarra?

Miré con pánico la pizarra, que estaba llena de sumas y restas. ¡Afortunadamente, encontré la que buscaba!

Manolito picSita Asunción, la respuesta es cuatro. Dieciocho menos catorce son cuatro.

La cara rígida de mi maestra se relajó mientras una pequeña sonrisa aparecía en su cara. Entonces, se dirigió a Carlitos para hacerle la siguiente pregunta. Aliviado, me giré hacia mis amigos. Yihad y Susana estaban en mitad de una discusión. El Orejones López, mi mejor amigo, les escuchaba con atención. Afortunadamente, la sita Asunción no se había dado cuenta de la conversación.

—¿De qué estáis hablando? —les pregunté.

—¡Gafotas, déjanos en paz! Es algo entre Susana y yo —respondió Yihad.

—¡Yihad, eres un mentiroso! —dijo Susana.

En ese momento, el Orejones López se metió en la conversación.

—¿Ah sí? ¿Por qué?

—¡No soy ningún mentiroso! Tú eres una estúpida y no tienes ni puñetera idea de nada.

—¡Chicos, silencio! —gritó la sita Asunción. Finalmente, ella nos había oído. Nosotros nos callamos inmediatamente.

Sita Asuncion

Después, la sita Asunción continuó la clase. Yihad y Susana estaban hablando de Toy Story, la película americana que se acababa de estrenar. Yihad decía que los juguetes de la película eran como los juguetes que tenían los niños americanos. Él pensaba que esos juguetes podían hablar, moverse y gritar. La verdad es que molaría un pegote, pero yo sabía que Yihad solía inventarse historias. El Orejones contradijo a Yihad:

—¿Cómo que los muñecos pueden hablar? ¡No puede ser!

—¡Pues es verdad! Me lo dijo mi hermano mayor cuando fui a verlo el otro día a la cárcel. Él nunca se equivoca.

En ese momento, me metí en la conversación:

—Esos juguetes también existen en España, pero aquí no pueden moverse por sí solos.

—Es que los de aquí no son iguales. ¡En Estados Unidos, los juguetes molan más! Allí pueden moverse y hablar. ¡Son como los de la película!

—Si eso es verdad, ¿por qué nadie los ha visto moverse? —le preguntó Susana a Yihad.

—Porque los juguetes solamente cobran vida cuando los niños americanos no están presentes.

Mientras yo pensaba en la idea de los juguetes con superpoderes, una voz interrumpió nuestra conversación.

—¡¡¡Chicos, he dicho que os calléis!!!

Nosotros nos callamos y nos miramos en silencio. Poco después, Yihad susurró:

—Puedo demostrároslo. El viernes, podemos ir al cine a ver Toy Story juntos. Luego, todos me creeréis.

—Pero, ¿cómo? No tenemos dinero para la entrada —dijo el Orejones.

—¡Ya! ¿Y qué? Podemos colarnos. Será fácil.

Yo no estaba convencido.

—Yo no creo que vaya a ser fácil. Además, ¿qué  pasaría si alguien nos pillara?

—¡No seas gallina, Gafotas! —dijo el chulito de Yihad.

Como yo no quería parecer un gallina ante mis amigos contesté rápidamente:

—¡Vale! Si vosotros os coláis, yo también.

—¡Genial! Les podemos decir a nuestros padres que estaremos en casa del Orejones. Orejones, tú dile a tu madre que estarás en casa de Manolito. ¡Esa será nuestra coartada! Así, podremos ir al cine el viernes después de clase.

A todos nos pareció buena idea. Aquella tarde fui a mi casa y le dije a mi madre lo del viernes. Estaba nervioso porque pensaba que mi madre me descubriría. Ya te digo que mi madre parece de la CIA.

—¡Hola! —dije al entrar en casa.

—¡Manolito! ¿Dónde está tu hermano?

El Imbécil estaba sentado en el suelo con el chupete en la mano. Me lo tiró a la cara como un mono salvaje.

—Oye, mamá, ¿puedo ir a casa del Orejones el viernes por la tarde?

—¡No, ni en broma! Tienes que cuidar a tu hermano. Ya te lo había dicho.

—Susana y Yihad también irán. Además, podría cuidarlo el abuelo.

—Hubo un silencio. En ese momento, estaba seguro de que mi madre no me dejaría ir. Entonces, me sorprendió cuando dijo:

—Bueno, está bien. Puedes ir a casa del Orejones el viernes, pero tienes que estar aquí el sábado.

—¡Vale! ¡Gracias, mamá!

En un abrir y cerrar de ojos, nuestro plan quedó decidido. El viernes, después de clase, el Orejones, Yihad, Susana y yo nos fuimos al cine de Carabanchel. Al llegar, planeamos cómo colarnos en la sala de cine. Susana nos dijo que tenía una idea. Se acercó al empleado que chequeaba las entradas y empezó a llorar con lágrimas de cocodrilo. Le dijo:

Manolito amigos pic

—Señor, estoy perdida, no puedo encontrar a mi madre. Creo que está dentro del cine.

Si te digo la verdad, nunca había visto a Susana llorar de esa manera. Como era de esperar, el empleado le dijo a Susana que podía entrar al cine para buscar a su madre. Él abandonó la puerta para acompañarla.

El Orejones, Yihad y yo aprovechamos ese momento para colamos en el cine sin entradas. Una vez dentro, encontramos la sala donde proyectaban Toy Story. Al cabo de un rato, llegó Susana y se sentó a mi lado. Le pregunté que cómo había conseguido librarse del empleado. Ella me respondió:

—Simplemente hice ver que mi madre era una mujer que estaba dentro del baño. El empleado no entró en el baño conmigo, porque entré en el baño de mujeres. Cuando salí, ya se había ido.

Durante la película, hicimos el tonto como si estuviéramos en el salón de casa. La gente que estaba a nuestro lado nos miraba de reojo de vez en cuando, pero yo creía que era porque no les estaba gustando la película.

Cine pic

Al cabo de unos veinte minutos, un empleado del cine se acercó a nosotros y nos pidió que nos callásemos. Cuando se dio cuenta de que no teníamos entradas, nos echó del cine. Mientras volvíamos a casa, mis amigos no pararon de quejarse. Pero yo solamente podía pensar en el personaje de Buzz Lightyear. Sentía envidia de los niños americanos porque ellos tenían un personaje y un juguete que molaba un pegote.

Al día siguiente, en el colegio, vi que Diego, un compañero de clase, tenía un muñeco coleccionable de Buzz Lightyear dentro de la mochila. Durante el recreo, entré en la clase sin que nadie me viera, cogí el muñeco furtivamente, lo guardé en mi mochila y volví a salir al patio. Cuando se acabó la última clase, salí del colegio lo antes posible para que Diego no se diera cuenta de que alguien le había robado a Buzz. Al principio, sentí remordimientos, porque en el fondo tengo un buen corazón, pero cuando empecé a jugar con el muñeco, me olvidé de ese pequeño detalle sin importancia.

Buzz

Al llegar a casa, escondí mi nuevo juguete porque sabía que mi madre me preguntaría que de dónde lo había sacado. Era el mejor juguete que había tenido en toda mi vida. Cuando nadie me veía, me pasaba horas volando por la galaxia. Yo, como Buzz, era un ranger del espacio que luchaba contra el malvado Emperador Zurg. Me decía a mí mismo: “Al infinito… y más allá”.

A pesar de mi cuidado, el Imbécil descubrió que tenía el juguete. Enfadado, cogió el muñeco y lo tiró al suelo. Desgraciadamente, se rompió en muchísimos pedazos. Estaba a punto de gritarle al Imbécil cuando apareció mi madre. Nos preguntó que qué había pasado. Me sentí descubierto y le respondí:

—¡El Imbécil ha roto mi juguete, mamá!

—Manolito, ¿de dónde has sacado eso?

—Me lo encontré abandonado en el colegio.

—¡Manolito, que te conozco!

—¡Está bien, mamá, no te enfades! Se lo que he cogido a Diego de la mochila.

—¿Que lo has robado? ¡Manolito, eso está muy mal! Ponte la chaqueta inmediatamente porque vamos a ir a comprar otro muñeco exactamente igual. Mañana le explicarás a tu amigo lo que has hecho, le pedirás perdón y le devolverás el muñeco. Tú, por supuesto, estás castigado dos semanas sin salir a jugar con tus amigos.

Mi madre me dio la colleja correspondiente y salimos a la calle con el Imbécil.