Un día en el centro de Madrid

Autores: Amber Boykins, Chanel Glasper y Noah Tager

Te voy a contar una historia increíble que me pasó hace una semana. El lunes pasado, la profesora de mi clase de arte, la sita Mónica, nos dijo que al día siguiente íbamos a ir al centro de Madrid para ver el Museo del Prado. Nos dijo que debíamos llegar al colegio a las ocho de la mañana para ir al museo en autocar. El plan era llegar al centro a las nueve y desayunar en un restaurante famoso que se llama “La chocolatería de San Ginés”. Después, iríamos al museo para ver los cuadros de los artistas españoles que habíamos estudiado en clase. ¡Me pareció un plan fantástico! Cuando la sita Mónica dejó de hablar, miré al Orejones y vi que estaba sonriendo. Los dos estábamos pensando lo mismo: ¡que esa tarde no tendríamos que hacer la tarea para el día siguiente!

Al día siguiente, llegué al colegio a las ocho de la mañana y encontré un asiento en el autocar junto a mis amigos, el Orejones y Susana Bragas-Sucias. En poco tiempo, llegamos al centro y entramos en el restaurante para desayunar. ¡El desayuno fue increíble! Me comí dos donuts, seis churros y muchos pasteles de chocolate.

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Cuando  terminamos de desayunar, volvimos al autocar y fuimos al museo, donde nos esperaba un guía turístico. Aunque era un tipo muy agradable, el rollo que nos estaba soltando era aburridísimo. Así que el Orejones, Susana Bragas-Sucias y yo decidimos explorar el museo solos. Sin que nos vieran ni la sita Mónica ni el guía turístico, nos escapamos del grupo y empezamos a pasear por las diferentes salas. Fue entonces cuando me di cuenta de que había perdido un botón de mi chaqueta nueva.

¡Qué horror! Sabía que mi madre se enfadaría mucho conmigo, si volvía a casa sin el botón. Por eso decidí que tenía que volver al restaurante, donde probablemente encontraría mi botón. Se lo dije a mis amigos, quienes inmediatamente se ofrecieron a ir conmigo al restaurante y ayudarme a buscar el botón. Nos fuimos del museo y empezamos a caminar hacia el restaurante.

Después de tres cuadras, me di cuenta de que ninguno sabíamos dónde estaban ni el museo ni el restaurante; estábamos totalmente perdidos. Como no teníamos ningún mapa, decidimos caminar en dirección a la Catedral de la Almudena, la iglesia más alta de Madrid, y pedir consejo allí. Por el camino, nos encontramos una gran multitud. El Orejones fue el único que reconoció el lugar. Nos dijo que estábamos en la Plaza Mayor. Había estado allí con su padre para comprarle un regalo a su madre. Por supuesto, los tres nos moríamos de ganas de dar una vuelta por la plaza y avanzamos zigzagueando entre la gente.

De repente, perdí de vista al Orejones y a Susana Sucia-Bragas. Miré a mi alrededor y sólo vi a gente desconocida. Me puse muy nervioso y decidí irme de la plaza lo antes posible y buscar a mis amigos. Después de chocar contra varias personas, conseguí salir de la gran multitud. Respiré hondo y miré a mi alrededor otra vez. Justo enfrente de donde estaba, vi “La chocolatería de San Ginés”, el mismo restaurante donde habíamos desayunado esa mañana. ¡No podía creerme mi buena suerte!

Manolito busca a sus amigos en la Plaza MayorCrucé la calle corriendo y entré en el restaurante. En cuanto entré, un camarero me saludó.

—¡Hola, chaval! ¿Te pasa algo? Pareces muy desorientado.

—¡Hola! Estoy aquí porque creo que he perdido el botón de mi chaqueta dentro del restaurante esta mañana. ¿Por casualidad, lo habéis encontrado?

—Pues no he oído de nada, pero voy a hablar con el jefe. Es posible que él sepa dónde está tu botón.

—Muchas gracias, señor —le dije. Y el camarero se fue. A los pocos minutos, volvió con una expresión de tristeza en su cara.

—Lo siento, chaval. El jefe me ha dicho que no tiene ni idea de dónde está tu botón. Siento no poder ayudarte.

Aunque el camarero no hubiera encontrado mi botón, le di las gracias por su ayuda. En ese momento, cuando había perdido casi toda las esperanzas, miré al suelo para ocultar mi rostro ante la gente del restaurante. Entonces, vi algo pequeño y brillante.

—¡Mi bóton! —grité en voz alta y salí del restaurante muy emocionado.

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Mientras tanto, en el Museo del Prado…

—¡Venga, niños! Haced una fila para ir a la tienda de regalos. Voy a pasar lista para asegurarme de que todos estáis aquí —dijo la sita Mónica.

Los estudiantes formaron una fila y la sita Mónica empezó a pasar lista.

—¿Noah Tager?

—¡Presente!

—¿Amber Boykins?

—¡Presente!

—¿Chanel Glasper?

—¡Presente!

—¿Manolito Moreno?

—…

En ese momento, todos los estudiantes se dieron cuenta de que hacía un rato que no veían ni a Manolito, ni al Orejones, ni a Susana Bragas-Sucias. Sin embargo, nadie se atrevía a decírselo a la sita Mónica.

—¿Manolito Moreno? —repitió la sita Mónica en voz más alta.

—…

—¡Dios mío! ¿Dónde está Manolito? ¿Alguien lo ha visto? —les preguntó la sita Mónica a los estudiantes.

Pero los estudiantes no le respondieron y ella se dio cuenta de que tampoco estaban allí ni el Orejones, ni Susana. ¿Dónde se habrían metido aquellos niños? Inmediatamente, se fue a hablar con los vigilantes de seguridad para que los buscaran por todo el museo.

Aunque mi principal problema ya estaba resuelto, ahora tenía que encontrar a mis amigos. Suponía que ellos también estarían buscándome y empecé a caminar hacia la Plaza Mayor. Después de caminar un rato, me di cuenta de que no podía reconocer nada. “Quizás no he caminado lo suficiente” pensé. Pero, tenía serias dudas sobre la verdad de esta idea.

En ese momento, vi un gran parque que no había visto antes. Estaba seguro de que lo recordaría, si lo hubiera visto. Era muy bonito. La hierba estaba muy verde y recién cortada. Había un lago enorme que estaba rodeado por muchas flores y árboles. Había mucha gente en el parque. Había gente jugando en el césped, gente tomando el sol y gente paseando junto al lago. Un grupo de niños, más o menos de mi edad, estaban jugando al fútbol cerca de donde yo estaba. Decidí acercarme a ellos para preguntarles si sabían cómo llegar al Museo del Prado.

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—¡Hola! —les dije a los niños. El que tenía en ese momento la pelota, paró en seco y me miró. Tenía una uniceja tupida. Cogió la pelota con la mano, se acercó a mí y me dijo:

—¿Qué te pasa?

—Me llamo Manolito y necesito vuestra ayuda, porfa.

—Hola, Manolito. Soy Alberto. ¿Quieres jugar con nosotros?

—Gracias, Alberto, pero no puedo. Estoy metido en un lío.

—¿Pues si no quieres jugar, cómo podemos ayudarte? —me preguntó Alberto.

—No soy de aquí. Soy de Carabanchel. He venido a Madrid de excursión con mis compañeros de clase para visitar el Museo del Prado. Mis amigos y yo hemos tenido que salir del museo para hacer una misión importante. El problema es que he perdido a mis amigos en la Plaza Mayor y ahora no sé dónde estoy ni cómo regresar al museo.

—¿No sabes dónde estás? Esto es el famoso Parque del Retiro. El museo está a unos 15 minutos a pie. En esa dirección.

Siguiendo las instrucciones de Alberto, pasé por delante del Palacio de Cristal, que por cierto me impresionó bastante, y por fin conseguí llegar al museo. Tenía la esperanza de encontrar allí a todos mis compañeros, incluidos el Orejones y Susana. Como había ido corriendo, entré al museo sudando y con la respiración entrecortada. El recepcionista me preguntó si estaba bien. Cuando recuperé el aliento, le dije que estaba buscando a mis compañeros de clase y que estaba perdido. Para mi sorpresa, el recepcionista no tenía ni idea de si mis compañeros estaban allí.

—Lo siento jovencito. Acabo de empezar mi turno. He llegado hace 5 minutos y no tengo ni idea de lo que estás diciendo. Pero te puedo ayudar a encontrarlos.

Salimos del museo y vi a mis amigos llorando y a la sita Mónica muy preocupada. Yo empecé a gritar:

—¡Estoy aquí, estoy aquí!

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Todo el mundo me miró. El Orejones y Susana corrieron hacia mí. Me abrazaron y me preguntaron que qué había pasado. ¡Nunca había estado tan contento en toda mi vida! La sita Mónica me preguntó si estaba bien y después me dijo que estaba muy enfadada conmigo por haber abandonado el grupo. Le dije que lo sentía mucho pero que era muy importante para mí poder encontrar el botón. Después me dijo que debería haberla avisado porque los niños no pueden caminar solos por Madrid. Le prometí que no volvería a pasar. Aunque no me siento orgulloso de lo que hice, la verdad es que mi aventura en Madrid fue muy divertida.