El rugido del tigre

Autores: Avery, Lexi y Mateo

Los fines de semana son siempre lo mismo en mi casa. El Imbécil se despierta muy temprano y empieza llorar porque tiene hambre. Él nunca deja de molestarme. Luego, mi madre se despierta y en mi habitación, gritando. Nunca es por mi culpa, pero siempre me culpa todo. Después de mucho gritar y algunas collejas, mi abuelo entra y le dice a mi madre que tiene que calmarse porque nadie quiere oír su problemas. Después, ella va a su habitación, cierra la puerta, y no habla con nadie por cinco horas. Todo el día ya es un desastre desde las ocho de la mañana.

Esta mañana no era diferente. Cuando El Imbécil se despertó y empezó a llorar, fui a su cuarto y le dije que tenía que parar porque no quería que mi mamá se enojara. Por supuesto, esto sólo le hizo llorar más. ¡Cómo un idiota! Mi madre entró inmediatamente ella me culpó de todo. Me dio una colleja y salió gritando sobre la molestia que era. ElImbécil se río de mí y yo estaba muy enfadado. Pensé que un día, se lo iba a dar a los tigres en el zoológico. ¡El zoológico! ¡Me encanta el zoológico!, yo pensé. De pronto, supe lo que haría que el día fuera mejor.

Fui a la cocina, donde mi madre estaba cocinando huevos. Ella todavía se quejaba de su dolor de cabeza. Siempre tiene dolor de cabeza, pero no lo entiendo porque nadie le da colleja. Mi abuelo estaba sentado en la mesa, leyendo el periódico “El País”. Me senté a su lado y le conté a mi brillante idea. Le dije:

-Abuelo, ¡debemos ir al zoológico hoy! Será muy divertido, y creo que mi madre necesita un poco de aire fresco.

Él pensó que era una gran idea, pero sabíamos que sería difícil pedírselo a mi madre. Ninguno de nosotros quería otra colleja. Finalmente, mi abuelo le dijo a mi madre:

-Creo que sería una buena idea ir al zoo hoy, porque hace mucho sol y los niños deberíansalir de la casa frecuentemente.

Nosotros dos esperamos en más nerviosos. Para mi sorpresa, ella estaba de acuerdo. . Nos dijo:

-Pues, no tengo mucho que hacer hoy. Si queréis ir, iré con vosotros.

¡No lo podía creer! ¡Realmente íbamos al zoológico! ¡Cómo mola! Quizás aquel fin de semana fuera diferente, pensé. No podía esperar, y fui a mi habitación para vestirme.Incluso ayudé al Imbécil, pero si causaba problemas, iría con los tigres. Se lo juré.

Finalmente, salimos de la casa para ir al metro. Casi perdimos el tren porque El Imbécil se cayó en la calle y le dolía la pierna. No podía creerlo. Ya había causado demasiados problemas hoy y sólo era las once de la mañana. Cuando finalmente dejó de llorar,continuamos caminando hacia metro. Cuando llegamos, el metro estaba muy lleno y no podíamos sentarnos. El viaje al zoológico no tardó mucho tiempo, sólo treinta minutos. Íbamos a mi zoológico favorito, El Zoo Aquarium de Madrid. Tienen muchísimos animales, y mis favoritos son las jirafas. En todo el viaje en el metro, todo lo que podía pensar tenía que ver con las jirafas. Cuando llegamos, fui rápidamente con mi abuelo a la entrada del zoo.

Las puertas del zoológico me parecían como puertas de un castillo. Podía imaginar un mundo imaginario dentro de las puertas con magia y cosas increíbles.  Entonces, cuando entré, pensé en los reyes que iba a conocer. Me entró un subidón. ¡Que iba a conocer reyes! ¡Molaba un montón! Pero mi abuelo siempre dice que el rey es un símbolo obsoleto. Él tiene muchas opiniones y eso no me parece muy importante. Aunque yo seguía entusiasmándome con la perspectiva de ser el amigo del rey. Cuando llegué a la jaula de los leones quise entrar en ella pero sabía que recibiría una colleja. Normalmente las collejas no me quitaban el sueño, pero ese día me dolía la cabeza muchísimo. Entonces, no tuve la oportunidad de pasar un rato con el rey. Posiblemente fue lo mejor- ¡que plastas son los políticos!

Llegué al área de las jirafas y no podía creer que fueran tan altas. Me acerqué a una de las jirafas. La jirafa me miró muy atentamente y sabía que yo estaba analizando su apariencia. Le pregunté:

-¿Como consiguió a ser tan alta?

Mi madre me dijo:

-Ello comió vegetales e hizo ejercicio todos los días, Manolito. Deberías comer mejor, Manolito, si quieres ser alto y fuerte como estas jirafas. Debes dejar de comer colacao con mantequilla. No es bueno para ti y nunca haces ejercicio. Vas a estar demasiado gordo.

Mi madre siempre podía encontrar una manera de darme lecciones. Esto me molesta mucho.

Había muchos monos en la siguiente jaula. Pensé que estaba en la selva. El olor sólo empeoró mi dolor de cabeza. No soy muy limpio– mi madre odia que odie ducharme – pero pensé que los monos deberían ducharse más. Pensé en llevar a todos los monos a casa conmigo y ducharles. ¡Los monos en nuestro cuarto de baño, imagina eso! El Imbécil probablemente lloraría. ¡Qué aburrido es él! No puedo creer que seamos hermanos porque somos muy diferentes. Él se parecía más a mi madre, y yo más a mi padre. Si mi padre y yo pudiéramos vivir solos, y tendríamos aventuras y mi madre y el Imbécil podrían vivir juntos y quejarse todo el día. ¡Mola un pegote!

Durante el viaje al zoológico, ¡no podía soportar el llanto del Imbécil! Era muy difícil agradecer esta oportunidad de ver a los tigres. Esperaba que los tigres escaparan de su jaula. Quizás, los tigres callasen al pequeño demonio que es mi hermanito. Si escaparan, seguro que el Imbécil se convertiría en el blanco para los tigres hambrientos gracias a su llanto.

Naturalmente, esa idea era sólo era un sueño. La realidad era que yo estaba mirando los tigres y no le estaba haciendo caso al Imbécil. Eventualmente, grité al Imbécil que quería que se callara, pero mi madre me dio una bofetada. Dije que no creía demasiado en el ruido en un lugar público. Es muy injusto que ella no hiciera callar a mi hermano, ¿no?

Sin embargo, ¡un milagro ocurrió! Un tigre muy grande y majestuoso fue hacia la valla de su jaula cuando El Imbécil estaba llorando con más intensidad. El Imbécil no se dio cuenta de que el gato gigante le miraba. Creo que era demasiado tonto para darse cuenta de que lo ocurría alrededor de él. Él Imbécil, a quien no le gusta el zoológico tanto como a mí, tuvo que llorar más. Afortunadamente, el tigre rugió con mucho fuerza. En ese momento, el Imbécil dejó de llorar y no dijo nada por mucho tiempo. De ahora en adelante, todas las veces que mi hermanito me molestase y quisiera silencio, sólo necesitaba mostrarle una imagen de un tigre. ¡Mola un pegote¡

Pienso que nunca volveremos al zoológico. Él Imbécil arruinaba a todo, pero mi abuelo entendía mis luchas con mi hermanito y él me prometió que un día nosotros dos, y solo nosotros dos, iríamos al zoológico. Una visita al zoológico sin las lecciones de mi madre y los gritos del Imbécil molaría un pegote.

Cuando llegamos a nuestra casa, todos teníamos mucho hambre porque el día había muy largo y exhaustivo. Mi madre empezó a cocinar la cena y mientras yo estaba esperando, escribí en mi cuaderno sobre el día caótico. Mi abuelo estaba sentando en la mesa al lado de mí y me dijo:

-¿Qué estás escribiendo, Manolito?

Le respondí:

-Una historia del zoológico. Tengo que expresar mis sentimientos sobre El Imbécil en palabras escritas.

Mi abuelo miró mi cuaderno y vio mi última frase que decía:

-Esperaba que los tigres hubieran comido El Imbécil, porque estoy hasta las narices de él.

Él me miró y me dijo que nunca debería decir o escribir cosas como así sobre nadie, ni siquiera sobre mi hermanito. Mientras él estaba hablando, de repente mi madre gritó. Corrimos a la cocina y vimos que había fuego en la cocina. Mi abuelo le preguntó:

-¿Qué ha pasado?

Mi madre tiró mucha agua en la cocina, nos dio una mirada frustrada y supimos que no debíamos preguntarle nada. Ella salió de la habitación y nosotros le seguimos con nuestras chaquetas. Fuimos a un restaurante esa noche y no hablamos sobre el accidente.

Cuando regresamos a casa, inmediatamente nos acostamos. No pude dormirme porque toda la casa tenía un olor muy malo. Creo que deberíamos contratar a un chef para nuestra casa. Al fin, fue otra sábado malo.