¿Dónde está el Imbécil?

Autoras: Keziah Kim, Alison Neveu y Leonie Rauls

Durante las tres últimas semanas he ido a hablar muchas veces con la sita Espe, la psicóloga de mi colegio. Ya estoy a punto de terminar de leerle el último de los tres cuadernos que he escrito sobre mi vida y mis problemas. Me mola un pegote hablar con ella y quiero hacer caso de lo que me dice porque quiero ser mejor persona.

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Uno de los días que fui a hablar con la sita Espe fue un día memorable. Cuando me levanté por la mañana, mi madre me recordó que esa tarde, al salir de clase, tenía que ir al despacho de la sita Espe. Quizás la sita Espe me encontraría un trauma esta vez, pero yo no lo creía porque fracasó la primera vez. Aun así, me mola hablar con ella y durante todo el día estuve deseando que llegara ese momento. La última vez que fui a su despacho, le leí un trozo del último cuaderno sobre mi vida, el que se titula “Mi vida con el Imbécil”. Ella me dijo que debería cambiar el título del cuaderno y que no debería llamar así a mi hermano pequeño. Siempre me dice que tengo que ser un mejor hermano mayor y que tendría que pasar más tiempo con el Imbécil.

Cuando se terminaron las clases, salí al patio y vi a mi abuelo con la merienda en una mano y con el Imbécil en la otra. Al principio, me sorprendió bastante que el Imbécil estuviera allí pero, como mi abuelo está de la próstata, no le di mucha importancia. Mi abuelo me dio mi bocata de colacao con mantequilla y me dijo que cuando me lo terminara, me acompañaría al despacho de la sita Espe. Cuando abrí la puerta del despacho, el Imbécil no se despegaba de mí.

—¡Tú, fuera! ¡Espérame aquí con el abuelo!

Aunque cada vez soporto más al Imbécil, no quería que él estuviera presente durante mi charla con la sita Espe. Ella es la psicóloga de mi colegio, no del suyo. Por nada del mundo quería compartir ese momento con nadie. Y, mucho menos, con el Imbécil. Sin embargo, contra todo pronóstico, la sita Espe me dijo:

—Manolito, déjalo entrar. Tu hermano pequeño va a estar presente durante esta sesión. Recuerda lo que te dije la última vez. Tienes que mejorar la relación con tu hermano. Además, cuando terminemos la sesión, debes pasar toda la tarde con él.

—Pero, ¿por qué?

—Porque tienes que acostumbrarte a tratarlo mejor, Manolito. La familia es lo más importante del mundo. Él va a ser tu hermano durante toda la vida. Él te admira y tú debes darle un buen ejemplo.

Después de oír eso, pensé “¡Ahora odio al Imbécil más que antes!”. Pero le hice caso a la sita, porque ella siempre se porta bien conmigo y yo no quería defraudarla.

Cuando salimos de su despacho, mi abuelo nos dijo que se encontraba fatal y que teníamos que ir al hospital. Como el hospital está muy cerca de mi colegio, fuimos los tres caminando.

Manolito2Cuando llegamos al servicio de urgencias del hospital, vimos que había mucha gente. Nos dijeron que tardarían más de dos horas en poder atender a mi abuelo. Mi abuelo llamó por teléfono a mi madre para decirle que llegaríamos tarde a casa. Ella se enfadó con él por no haberla avisado antes y le dijo que ahora salía para el hospital. A mí me dio pena mi abuelo porque mi madre no tenía piedad ni siquiera de los enfermos.

Cuando mi madre llegó al hospital, me dijo que llevara al Imbécil al parque del Ahorcado porque el servicio de urgencias no era un lugar adecuado para los niños sanos. También me recordó que lo cogiera de la mano para cruzar los semáforos y que no lo perdiera de vista en ningún momento.

—Manolito, por favor, pórtate bien y demuéstrame que eres un buen hermano mayor.

¡Eso me llegó al alma! ¿Cómo era posible que mi madre supiera lo que habíamos hablado esa misma tarde en el despacho de la sita Espe? Ya te digo que mi madre debería trabajar en la CIA.

Cuando llegamos al parque, vi que Yihad, el chulito de mi clase, estaba allí con su abuelo. Traté de evitarlo porque estaba decidido a pasar una tarde tranquila con mi hermano en el parque y Yihad suele ser sinónimo de problemas. Pero Yihad se acercó a nosotros y empezó a jorobarme sobre mis gafas nuevas. Hacía pocos días que las había estrenado porque él me había roto las anteriores dándome un puñetazo en la cara. Aunque parezca imposible, mis gafas nuevas eran más grandes y feas que las anteriores. Por suerte, el abuelo de Yihad le gritó desde un banco que había en el parque:

—Yihad, ¡deja en paz a Manolito!

Después, me hizo un gesto para que me acercara al banco donde estaba sentado.

—Oye, Manolito, ¿por qué no vamos tú y yo a comprar unos helados, mientras Yihad y tu hermano me guardan el sitio en el banco?

A mí se me hizo la boca agua. El abuelo de Yihad mola un pegote, no como Yihad. El tío sólo compró dos helados: uno para mí y otro para el Imbécil. No compró helados ni para él ni para el chulito de Yihad. Pedimos un helado enorme de chocolate para mí, porque me encanta el chocolate, y un helado más pequeño de vainilla para el Imbécil. Cuando volvimos al banco, vimos que ni Yihad ni el Imbécil estaban allí. Me asusté tanto que se me cayeron al suelo los dos helados que acabábamos de comprar.

Aunque debo reconocer que muchas veces he deseado que el Imbécil desapareciera de la faz de la Tierra, nunca me imaginé que pudiera suceder y mucho menos bajo mi responsabilidad. El abuelo de Yihad se acercó a su nieto, que en ese momento estaba peleándose con otro niño del parque, y le preguntó:

Manolito4—¿Se puede saber dónde está el hermano de tu amigo?

—No lo sé. Estaba aquí hace un momento, pero ahora no lo veo. ¡Se habrá ido a dar una vuelta!

—¿Una vuelta? ¡Pero si solo tiene tres años! ¡Tenemos que encontrar a ese niño como sea!

 

Yihad, su abuelo y yo empezamos a buscar al Imbécil por todo el parque. Fueron los minutos más largos de mi vida. No era justo que el Imbécil hubiera desaparecido mientras yo le estaba comprando un helado. No era justo porque no era culpa mía, sino de Yihad. Yo me estaba comportando como el mejor hermano mayor del mundo mundial.

De repente, oí varios bocinazos. El Imbécil estaba en medio de una calle con cara de despistado y un conductor pitaba para que se apartara y lo dejara pasar. Corrí hacia la calle tan rápido como pude. Cuando llegué, el Imbécil me sonrió y me cogió de la mano.

—¿Pero tú eres imbécil o qué? ¡Lo que has hecho es muy peligroso! ¡Lo he pasado fatal por tu culpa!

Entonces, el Imbécil empezó a llorar y yo, en ese momento, comprendí lo que la sita Espe me había dicho acerca de que mi obligación como hermano mayor era proteger y cuidar al Imbécil. Él era demasiado pequeño para darse cuenta de los peligros.

Después, hablé con el abuelo de Yihad. Le dije que su nieto debería hablar con la sita Espe porque él tenía muchos problemas y ella era la mejor psicóloga del mundo. El abuelo de Yihad me dijo que le parecía una idea excelente. A lo mejor después de hablar con la sita Espe, Yihad y yo podríamos ser buenos amigos.

Manolito3El Imbécil y yo nos fuimos del parque cogidos de la mano y volvimos a casa. La sensación de ser el protector de alguien me hacía sentir muy orgulloso. Aquella noche le expliqué a mi abuelo lo que había pasado en el parque. Cuando terminé, hubo un silencio y después mi abuelo me dijo:

—Manolito, estoy orgulloso de ti. No eres débil como le dije a Yihad. Eres fuerte y valiente. Pero, de momento, es mejor que no le digas nada a tu madre. Ya sabes que ella se preocupa por todo.

–-Gracias, abuelo. Cuando sea mayor, quiero ser como tú. Pero no quiero estar enfermo de la próstata, ¿eh?

Al día siguiente, el Imbécil me dijo que soy el mejor hermano mayor del mundo mundial y que quiere ser como yo. Creo que, a partir de ahora, lo trataré mejor.

Más tarde, en la escuela, vi a Yihad y tenía los ojos hinchados, como si hubiera estado llorando. Le pregunté que qué le pasaba. Al principio, no me contestó, pero poco después me dijo:

—Lo siento, Gafotas. He hablado con la psicóloga y me he dado cuenta de que tengo que portarme mejor. Siento haber roto tus gafas y también siento no haberle prestado atención a tu hermano en el parque.

—¿En serio? ¡Ha funcionado! La sita Espe también me ayudó a mí a resolver mis problemas. ¿Quieres jugar a fútbol conmigo?

—¡Sí, claro! Después de clase.

Me alegró mucho que la sita Espe hubiese ayudado a Yihad. Aunque Yihad sea el chulito de la clase, tiene un buen corazón. En aquel momento supe que todo sería diferente en el futuro. Yihad ya no sería mi enemigo, sino mi amigo. Incluso pensé en proponerle que formáramos una banda de delincuentes, con el Orejones y Susana Bragas-Sucias.

Como banda, podíamos hacer cosas muy divertidas. Por ejemplo, podíamos jugar a “Héroes del mundo”. Cada uno de nosotros interpretaría el papel de un héroe diferente. Me importaba un pimiento qué héroe me tocara interpretar a mí, porque lo importante sería disfrutar del juego con mis amigos. También, podíamos inventarnos un idioma propio para hablar en secreto. ¡Esa banda iba a ser lo mejor del mundo mundial!

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