Manolito en los Sanfermines

Autores: Ben Oppenheimer y Temperance Dewar

Te voy a contar una historia desde el principio de los tiempos. Era el mes de julio y mi padre tenía que viajar con su camión a Pamplona. Como el 7 de julio es San Fermín, tenía que llevar un montón de alcohol a esa ciudad. A mí no me gusta el alcohol. Mi padre me ha dejado probarlo varias veces y la verdad es que no consigo comprender por qué a los mayores les gusta tanto. Es asqueroso. Parece vómito de diablo porque quema en la boca y cuando pasa por la garganta. No entiendo por qué en mi barrio, Carabanchel, hay tantos borrachos, por ejemplo, el padre de Yihad.

Hace años, asistí a un campamento de verano, cerca del mar. Había un montón de niños, jugábamos, íbamos a la playa y comíamos helado todos los días. En definitiva: ¡un sueño hecho realidad! Desde entonces, todos los veranos les pido a mis padres que me apunten a un campamento, pero siempre me dicen que no tenemos suficiente dinero.

El verano pasado pensé que yo debía ayudar a mis padres a conseguir dinero. Aunque a lo mejor no conseguía reunir el dinero suficiente para que me apuntaran a un campamento de verano, posiblemente podríamos irnos unos días de vacaciones toda la familia. Mi madre siempre está enfadada y supongo que unas vacaciones mejorarían su humor, como dicen en los anuncios de la tele. manolito photo one

Entonces, pensé en diferentes maneras de ganar dinero. Lo primero que se me ocurrió fue convencer a mis amigos para ir a pescar al río Manzanares. Creo que los pescadores ganan bastante dinero. Hablé con el Orejones, con Yihad y con Susana. El padre de Susana, que se llama Pedro, es pescador y le pedimos que nos prestara su caña de pescar. Cogimos algunas salchichas de la nevera de mi casa y las pusimos en los anzuelos. Cuando lo tuvimos todo preparado, nos fuimos al Manzanares.

Por alguna razón que no consigo comprender, a los peces de ese río no les gustan las salchichas. Me parece muy raro porque las salchichas son lo más rico del mundo. Cuando mi madre se enteró de que nos habíamos llevado las salchichas me dio una colleja y me dijo que a los peces no les gustan salchichas, sino los gusanos. Todavía no me lo acabo de creer…

Probé otros métodos para conseguir ganar dinero, pero desgraciadamente fracasé. Así que ya me veía pasando otro verano en el parque del árbol Ahorcado con el Orejones, la Susana y el chulito de Yihad. Aunque me molan mucho mis amigos, prefiero ir a un campamento de verano o de vacaciones con mi familia. Todo el mundo quiere ir a un campamento de verano como en las pelis americanas, sobre todo desde que el tablón de anuncios de mi escuela está lleno de folletos con fotos de niños pasándolo genial.

Una noche, mientras cenábamos, mi padre nos dio la mejor noticia del verano: había pensado que mi madre, mi abuelo, el Imbécil y yo podíamos acompañarlo a Pamplona. Yo me hice el sorprendido, aunque lo suponía desde la noche anterior porque había oído una discusión entre mis padres:

—¡Nunca vamos de vacaciones y nunca te veo! ¡Estoy harta, Manolo, y ya no puedo más! —le decía mi madre a mi padre.

Sé que cuando mi madre dice eso, es muy probable que vayamos de vacaciones. Mi padre quiere mucho a mi madre, como todos los padres del mundo. Bueno, todos excepto el padre de Orejones. Por eso sus padres se divorciaron.

Al día siguiente, hicimos las maletas para irnos a Pamplona. El camión de mi padre es gigante, pero la cabina sólo tiene tres asientos. Mi padre, lógicamente, se sentó en el asiento de conductor. A su derecha, se sentó mi madre con el Imbécil en el regazo. Al lado de mi madre, se sentó mi abuelo, conmigo en el regazo. Como mi abuelo está de la próstata, al cabo de una hora, empezó a decir que no sentía las piernas. Hacía mucho calor y el Imbécil no paraba de llorar. Yo me sentía como en el interior de una lata de sardinas y le preguntaba a mi padre cada cinco minutos que cuánto faltaba para llegar.

Cinco horas después, por fin, llegamos a Pamplona. Mi padre había reservado dos habitaciones en un hotel: una para mis padres y otra para mí, para mi abuelo y para el Imbécil. Al principio, no me gustó nada la idea de tener que compartir a mi abuelo con el Imbécil, pero cuando entramos en la habitación, se me olvidó todo porque la habitación molaba un pegote. Lo mejor era que había una televisión en la habitación. Me parecía increíble poder ver la tele desde la cama. También molaba la bañera porque era gigante. Ese día todos estábamos muy cansados, así que bajamos a cenar al restaurante del hotel y después nos fuimos a dormir.

Al día siguiente, después de desayunar, salimos a dar un paseo por la ciudad. Mi padre no vino con nosotros porque tenía que repartir las bebidas por los bares y restaurantes. Está claro que en Pamplona la gente tiene mucha más sed que en Carabanchel.

En la calle había muchísima gente. Todos iban vestidos igual: con una camiseta blanca, unos pantalones blancos, unas zapatillas blancas, un cinturón rojo y un pañuelo rojo atado al cuello. Yo también quería llevar un pañuelo rojo, pero mi madre me dijo que discutiríamos ese asunto en otro momento.

Visitamos la plaza de toros y después caminamos por la calle Estafeta. Me llamó la atención que hubiera una valla de seguridad a los dos lados de la calle.

—Abuelo, ¿por qué hay una valla?

—Porque durante esta semana la gente de Pamplona celebra la fiesta de San Fermín. Todos los días, a las 8 en punto de la mañana, una manada de toros y cabestros sale desde los corrales de Santo Domingo, corre por esta calle y llega a la plaza de toros que acabamos de visitar. Ahora, nosotros estamos haciendo el recorrido que hacen los toros, pero al revés. La valla sirve para que los toros no se escapen.

—¿Y cómo saben los toros adónde tienen que ir?

—Porque hay miles de personas que acompañan a los toros corriendo.
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—¡Cómo mola! ¿Puedo correr yo mañana?

—¡No, Manolito! ¡Es muy peligroso! Solo pueden correr los mayores. Los niños lo tienen prohibido. Pero, si quieres, mañana podemos ver el encierro en la tele de nuestra habitación.

—¡Qué rollo, abuelo! ¡En la tele, no mola! ¿Por qué no venimos a esta calle y lo vemos desde el otro lado de la valla?

—Yo soy demasiado mayor para esas aventuras, Manolito. Hay demasiada gente por todas partes. Es mejor que lo veamos desde la habitación del hotel. ¡Mira, una heladería! ¿Quieres que entremos a comprar un helado?

—¡Un helado! ¡Sí, abuelo! ¡Un helado gigante de chocolate!manolito photo three

Estuvimos toda la mañana de paseo por la ciudad. Después de comer, estábamos agotados y nos fuimos al hotel a dormir una siesta. Soñé que estaba corriendo por la calle Estafeta, delante de un toro enorme que me perseguía y me quería pinchar con sus cuernos. Cuando el toro estaba a punto de pillarme, mi padre me despertó:

—¡Manolito! ¡Despierta! ¡Mira lo que he comprado!

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Eran cinco pañuelos rojos para el cuello.

—Tengo una sorpresa que te va a encantar: el propietario de uno de los bares que he visitado esta mañana me ha dicho que mañana podemos ir los cinco a ver el encierro desde el balcón de su casa. Su casa está en la calle Estafeta.

—¿En serio, papá? ¡Cómo mola! ¡Eres el mejor padre del mundo mundial!

A las 7:30 de la mañana del día siguiente, ya estábamos en el balcón de la casa del amigo de mi padre, preparados para ver el encierro de San Fermín. Los cinco llevábamos nuestro pañuelo rojo en el cuello.

El encierro fue lo más emocionante que he visto en mi vida. La pena es que fue muy corto y, tanto los toros como las personas, pasaron demasiado deprisa. El Imbécil se quedó dormido en los brazos de mi madre, así que no se enteró de nada. Ya te digo yo que es un imbécil. Cuando sea mayor, quiero volver a Pamplona y correr delante de los toros con un pañuelo rojo atado al cuello.manolito photo five

Durante gran parte del viaje de vuelta a Carabanchel estuvimos cantando una canción que nos enseñó mi abuelo:

Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril,

cinco de mayo, seis de junio, siete de julio, San Fermín.

A Pamplona hemos de ir, con una media, con una media.

A Pamplona hemos de ir, con una media y un calcetín.

Por cierto, aquí os dejo un enlace a los 8 encierros del año pasado (2014). Ya sé que en la tele no es lo mismo, pero si alguien quiere verlos, sólo duran unos 3 minutos cada uno y son espectaculares. ¡Viva San Fermín!