El rey y su fortaleza

Autoras: Ariel Dickerman y Sally Yuen

Aquel 7 de agosto empezó siendo un día normal de verano, pero se acabó convirtiendo en uno de los días más importantes de mi vida. Incluso más importante que el día que fui con mi abuelo al centro de Madrid a comprar el cuerno que me faltaba en la trenca.

Mi madre estaba preparando el desayuno, mientras mi abuelo nos explicaba batallitas de su juventud al Imbécil y a mí. Aunque lo intento, me cuesta mucho imaginarme a mi abuelo cuando era niño. Siempre dice que yo me parezco mucho a él, salvo por las gafas, y que podríamos haber sido gemelos. ¡Qué extraño! Es una imagen que me cuesta imaginar.

Mi abuelo nos explicó una historia que me interesó, sobre una fortaleza hecha con mantas y almohadas.

—Una vez, cuando era pequeño, mis amigos y yo construimos nuestro propio castillo con mantas y almohadas. Yo era el rey. Fue muy divertido.

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Aunque me imagino que ya sabes que todos los hermanos pequeños son un rollo, te aseguro que el peor de todos es el mío: el Imbécil. Cuando le pedí a mi abuelo más información sobre su castillo, el Imbécil empezó a llorar de repente. Si te digo la verdad no tengo ni idea de por qué.

Me molan las almohadas y las mantas así que sabía que una fortaleza de almohadas y de mantas me molaría mucho. Tiene sentido; me gusta el chocolate y me gusta el frío, así que también me gusta el helado de chocolate. Cuando terminé de desayunar, se me ocurrió un plan: yo iba a gobernar un reino, como mi abuelo. Pero primero tenía que reunirme con mi panda.

Me fui a la calle y en pocos minutos, como si fuera un milagro, fueron apareciendo todos. El primero en llegar fue Yihad. A Yihad le gustan los árboles y los aviones, pero no le gustan las alturas. Realmente, ¿qué se puede esperar de alguien así? Es un chulito. El segundo en llegar fue el Orejones, que es mi mejor amigo, aunque a veces se comporta como un cerdo traidor. Finalmente, llegó Susana Bragas-Sucias. Por alguna razón misteriosa, el Imbécil también apareció, pero no le hice caso.

Les expliqué mi plan a mis amigos y, por supuesto, les encantó. Decidimos ir a mi casa para buscar los materiales y construir el castillo. “¡Aquí una pared!”. “¡Allí el techo!”. Se trataba de convertir el comedor de mi casa en la habitación más popular del  mundo: el reino de Manolito Gafotas y sus amigos. Llevamos al comedor todas las almohadas y mantas que encontramos y también algunas cortinas. Inmediatamente después, empezamos a construir nuestra fortaleza.

De repente, el Imbécil se dirigió al rey (que era yo) y me dijo que tenía una idea para la construcción de la fortaleza. Por supuesto, no le dejé seguir hablando. Le recordé que él era un campesino ignorante y que solo el rey podía dar órdenes para construir su castillo. Después, les ordené a mis súbditos que utilizaran cinta adhesiva para cubrir las paredes con las mantas.

Poco después, el Imbécil volvió a hablar, pero yo moví la mano con un gesto elegante, propio de reyes, y lo hice callar. A continuación, até una manta en una oreja del Orejones y otra alrededor del cuello de Yihad. Por alguna razón que no sé, el Orejones y Yihad se quejaban, así que desaté la manta. Una vez más, la Imbécil me dijo que tenía una idea.

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—Imbécil, ¿qué es eso tan importante que tienes que decirnos? —exclamé. Traté de alzar la voz porque los reyes que salen por la tele suelen gritar para mostrar su autoridad.

El Imbécil hizo algo increíble: puso una pila de almohadas en todos los rincones del comedor y otra en el centro para formar cinco columnas. Después, las cubrimos con mantas y nuestro castillo quedó terminado. Tengo que admitir que fue una buena idea. Mi abuelo me suele decir que los buenos líderes escuchan a sus súbditos, para que nadie se rebele. Mi panda y yo seguimos sus instrucciones.

—¿Qué pasa con el suelo? —preguntó el Orejones. El Imbécil puso las almohadas restantes por todo el suelo. Yo no me lo podía creer.

—Tal vez deberías hacerle caso a tu hermano más a menudo —dijo el Orejones.

En ese momento me di cuenta de que el Imbécil era un rival peligroso y que podía apoderarse de mi reino. Mi abuelo me había dicho que escuchara a mis súbditos, pero no me había dicho que eso pudiera poner mi reino en peligro, ni que los campesinos pudieran llegar a creer que el Imbécil era el rey.

—¡Silencio! —le grité al Orejones—. ¡Al calabozo, cerdo traidor!

Como en las películas el calabozo suele estar bajo tierra, apilé tantas almohadas como pude encima del Orejones y del Imbécil.

—¡Socorro! ¡No podemos respirar! ¡Ayudadnos! —gritaron los rebeldes. Yihad y Susana Bragas-Sucias corrieron hacia la pila de almohadas para ayudarlos. Antes de que los liberaran, les amenacé y les dije que si lo hacían, ellos también irían al calabozo.

—Olvídalo, Gafotas —me dijo Yihad —. Tu calabozo es una mierda. Nos vamos a jugar a la calle.

Cuando todos mis amigos se fueron, convertí la fortaleza en un barco. Yo sería el único capitán de barco navegando por los océanos tempestuosos. Pero a medida que pasaba el tiempo, me pareció que era aburrido navegar con un barco sin tripulación. Tuve que dirigir, izar las velas y mirar por el telescopio yo solo. Me frustré porque mi barco chocó contra un iceberg. Entonces, destruí la fortaleza, derribando todos los pilares con rabia y placer. Después, me senté desesperado.

—¿Qué ha pasado aquí, Manolito? —me preguntó mi abuelo, que estaba de pie detrás de mí—. Recuerda que la ira es mala, ya que ciega a la gente.

Le conté que el Imbécil lo había arruinado todo y que todos mis amigos habían traicionado a su rey. Mi abuelo me miró y dijo:

—Manolito, escúchame, el mejor rey es el que no tiene que recordarle constantemente a la gente que él es el rey.

—¡Eso es ridículo, abuelo! Si un rey no debe recordarle a la gente su poder, entonces ¿por qué lleva una corona? ¿Por qué se inclinan sus súbditos ante él?

—Manolito, los reyes son reyes porque la gente les obedece. No hace falta que muestren su poder mediante una corona. Lo que tienen que hacer es ganarse el respeto y la fidelidad de su gente a través de sus acciones. Tus acciones no han sido propias de un buen rey, Manolito y lo sabes.

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De repente, lo entendí todo. Yo había sido un egoísta y un maleducado gritando al Imbécil por sus ideas. Por eso mis amigos me habían abandonado. ¡Incluso había enviado al Orejones al calabozo! La verdad es que me había dejado dominar por la codicia y el poder. Tenía tantas ganas de ser el rey, que me había portado mal con mis amigos.

Mi abuelo estuvo un rato hablando conmigo acerca de los beneficios de las democracias. Me dijo que cuando fuera mayor tendría derecho a votar. Aunque me parecía bastante interesante lo que me estaba explicando, no le presté toda mi atención porque estaba pensando en un plan. Había llegado el momento de arreglar las cosas. Fui a buscar papel, cinta adhesiva y tijeras. Reuní a mis amigos y al Imbécil. Estaban muy serios y parecían enfadados conmigo. Respiré profundamente y empecé a hablar. En la mano tenía una corona de papel, bastante fea (por cierto).

—¡Señoras y señores, tengo que hacer una declaración! No merezco esta corona. No quiero ser un rey si no tengo a mis amigos y a mi familia a mi lado. Renuncio a mi trono. Quiero que uno de vosotros ocupe mi lugar.

Pasamos un rato en silencio, pero no me importó porque finalmente aceptaron mis disculpas. Pasamos el resto de la tarde jugando todos juntos. Esta vez, el Imbécil fue el rey. Y tengo que reconocer que fue mejor que yo, mucho mejor. Estaba orgulloso de él, aunque sigo pensando que a veces es un poco imbécil. Ser el rey es agradable, pero estar con mis amigos es mejor. Si tengo que escoger entre ambas opciones, no hay duda. Supongo que el rey Manolito tiene que esperar a ser legítimamente coronado, ¿no crees?

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11 thoughts on “El rey y su fortaleza

  1. ¡Qué monada! Me encanta esta historia. Recuerdo que cuando era pequeña yo también construía fortalezas con mi hermana. A diferencia de esta historia, nosotras no teníamos reyes, pero hacíamos batallas contra malvados imaginarios. Nuestras fortalezas eran enormes porque ocupaban toda la casa y el jardín.

  2. Esta historia me recuerda a mi infancia. Cuando éramos pequeños, mi hermana y yo siempre construíamos castillos con almohadas y cojines. Por supuesto, esto molestaba mucho a mi madre, que nos castigaba siempre que lo hacíamos. Además, a veces nosotros nos imaginábamos que éramos reyes, como Manolito y el Imbécil.

  3. Esta historia me recuerda a mi infancia. Muchas veces, mi hermana y yo construíamos castillos de almohadas como Manolito y sus amigos. Yo, como Manolito, siempre era el rey y le decía a mi hermana lo que teníamos que hacer para construir el castillo. Recuerdo que usábamos todas las almohadas de la casa y eso le molestaba mucho a mi madre.

  4. Me gusta que el abuelo le cuente a Manolito historias de su juventud. Es un poco triste que los amigos de Manolito lo dejen solo y se vayan a jugar a la calle, pero tiene sentido porque Manolito no había sido un buen rey. Es interesante que todos los amigos quieran que el Imbécil sea el rey porque solo tiene tres años.

  5. Aprecio mucho la imaginación y la fantasía de esta historia. La verdad es que mientras la leía me sentía como si hubiera regresado a mi infancia. Todavía me acuerdo de cuando mis amigos y yo nos divertíamos con juegos que nos inventábamos. También me gusta la moraleja que Manolito aprende al final.

  6. Esta historia me recuerda a las aventuras de mi infancia. En las fiestas familiares, mis primos y yo jugábamos a interpretar personajes diferentes. Siempre uno de nosotros era el líder y vivíamos una aventura en una piscina o por el bosque. Con frecuencia, la suerte del líder de nuestro grupo era similar a la suerte de Manolito en esta historia.

  7. Me encanta vuestra historia porque es realista y conmovedora. Me recuerda a mis aventuras haciendo castillos con mis amigos y también al hecho de que nuestros juegos no siempre eran tranquilos. Vuestros dibujos son muy buenos pero, particularmente, ¡el primero me parece una obra de arte! Es minimalista y el uso de la perspectiva es interesante. Me recuerda al arte japonés.

  8. Es interesante que Manolito se parezca a su abuelo cuando era niño. Me sorprende un poco que el Imbécil sepa hablar. Me gusta que, al final, el Imbécil sea el rey y que a todos les parezca bien.

  9. Esta historia muestra los problemas que surgen cuando un líder ve a los demás como súbditos o rivales. Lo único que le interesa a Manolito durante su reinado es conservar su poder. Sin embargo, cuando Manolito no es el rey, es más feliz porque puede disfrutar de sus amigos en vez de preocuparse por ellos.

  10. Me gusta que Manolito juegue a un juego que le ha explicado su abuelo. Esto muestra que los niños de todas las épocas se pueden divertir con las mismas cosas. A veces, los juegos más sencillos son los más divertidos y educativos.

  11. Esta historia me ha hecho reflexionar sobre la soledad de los poderosos. Me gusta que las ideas del Imbécil para construir la fortaleza sean mejores que las de Manolito y sus amigos. ¡Los dibujos son increíbles!

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