El plan del Imbécil

Yo sé que soy el nieto favorito de mi abuelo porque me lo ha dicho. La verdad verdadera es que él no sabía que era su nieto favorito hasta que regresé de mi fallida huida. Voy a contaros todo desde el principio de los tiempos.

Un día, después de la escuela, estaba jugando fuera de la cárcel con Orejones cuando oí a mi madre gritando mi nombre desde la ventana. Ella me llamaba a cenar pero me acababa de escapar de la cárcel y me quería quedar con Orejones. Bueno, todo cambióManolito cuando mi madre me dijo que la cena iba a ser chorizo y el chorizo mola el pegote, muchísimo, así que corrí hasta casa mientras que Orejones me gritaba enfadado porque no me había despedido de él.  Pero como os dije antes, el chorizo mola un pegote, mola mucho, así que la cena era más importante que la despedida.

Mi ausencia de despedida no  agradó mucho a Orejones, así que al día siguiente   no me dirigió la palabra. Todos los días Orejones y yo nos contamos nuestros sueños durante la hora de la comida, pero ese día Orejones no me dijo nada. Fue la comida más terrible de toda mi vida. Después de comer seguí tratando de hablar con Orejones pero él se cubrió las orejas y no me prestó atención. Fue un día horrible, pero sabía que mi abuelo estaba esperándome para que pudiera cantarle “Campanera,” su canción preferida. Por eso, sabía que era su nieto favorito porque yo era el único que podía cantar la canción y el siempre me llamaba por el nombre del cantante. Yo era “El Nuevo Joselito.” Desafortunadamente, ese traidor, Orejones, me arruinó el día y no tenía ni energía para cantar.

Cuando llegué a casa, subí las escaleras corriendo y como era de esperar, mi abuelo estaba allí. De inmediato, empecé a cantar “Campanera”, y lo hice tan bien que que mi abuelo casi estaba llorando. De repente, oímos un estallido en el baño y luego al Imbécil  sollozando. Mi abuelo y mi madre se fueron corriendo hacia el baño. Me quedé solo en la sala mientras que los chorizos se quemaban en la cocina. ¡Que cochino!Imbecil El Imbécil como siempre me había arruinado la presentación y también los chorizos. Nadie quiso escucharme cantar desde que el Imbécil abrió su boca. Me di cuenta de que el Imbécil lo había planeado todo y ya era muy tarde para frustrar su plan, no podía cambiar mi destino. En ese momento, quise empujar al Imbécil por las escaleras, pero sabía que mi madre tendría un ataque al corazón si lo hacía.Si ese cochino, que vive en mi casa puede arruinar mi vida delante de mis narices, creo que es necesario que haga algo.

Después de pensar un poquito yo sabía que era lo que tenía que hacer: huir. Sólo había espacio para un “Nuevo Joselito” y si ese no podía ser yo, sólo me quedaba huir de casa. Mi madre, mi abuelo, y definitivamente el Imbécil dejarían de necesitarme. Iría al centro porque tiene todo lo que necesita una persona. Además, según lo que me dice mi madre cuando me regaña, hay muchas personas sin hijos en el centro que sueñan con tener uno. Así que sería fácil encontrar una familia nueva que me valora. Para poderme robar todo lo importante en mi vida, el imbécil tendría que hacer algo radical.

Para poder huir tenía que preparar la mochila que me iba a llevar, con todas las cosas que necesitas cuando huyes de tu casa. Por ejemplo: tres chorizos crudos, mis dos camisas preferidas, un par de pantalones, un par de calzoncillos y un euro que encontré en la calle para coger el bus. Además puse también pintura para la cara de color blanco para que todo el mundo pensara que era un enano payaso escapando del circo  y no un niño huyendo de casa. Nadie trata de detener un enano payaso que ha escapado del circo porque les da lástima.

Deje mi cuarto con el sigilo deun ladrón robando el Banco Popular de Carabanchel Alto. Era la parte más difícil  de mi plan porque la Luisa podía oír cualquier paso cerca de su puerta y siempre se queja a mi madre porque somos demasiado ruidosos. La Luisa es como una espía que le cuenta todo a mi madre y si ella me hubiera oído, seguro que la habría llamado y mi madre hubiera tratado de detenerme. Pero eso no pasó. Escapé de las collejas de mi madre, la que da las collejas más fuertes del mundo, andando de puntillas hasta que bajé el último escalón.  En el momento en que sentí el sol en mi cara, empecé a correr hacia la parada de autobús.

Estaba enfrente de la parada del autobús. Sabía que los conductores de autobúshacen muchas preguntas a los niños que viajan solos. Pero tenía mi plan de parecer un enano de circo. Así que saqué la pintura del saco y me la aplique por toda la cara como los enanos que había visto en la tele. Esperé allí casi dos horas hasta que llegó el autobús. Cuando me subí al autobús, los pasajeros me miraban con caras similares a la de sita Espe cuando le pregunté si podía fumar en su despacho. ¡Que absurdo! Iba a sentarme en un asiento, pero el conductor del autobús me detuvo y me dijo que los niños debían dejar sentar a los adultos. Pues, le dije que, claramente no era un niño y que estaba ofendido por su comentario sobre mi tamaño. Al conductor no le gustó mi respuesta porque se puso rojo de ira, tanto que casi creía que de sus orejas iba a salir fuego. Finalmente,  me dijo que los niños no deberían mentir. Me empujó a la calle enfrente de la parada. ¡Que cochino!

No podía creer que no me hubiera creído. Había hecho todo correctamente. Pero eso no era lo importante. Tenía que ir al centro pero perdí el autobús. Me di cuenta deque me dolían los pies. Me senté en el suelo. Podría montar en un caballo imaginario. Pero no sabía cómo imaginar uno. Podría caminar, pero estaría caminando hasta la mañana sin llegar al centro y no tenía tiempo.  En esos momentos deseaba que hubiera comido las verduras. «Él que come verduras se convierte en un superhéroe» como siempre dice la Luisa. Pero como no tenía verduras, decidí comerme mis chorizos. Que tristeza que no tuvieran el mismo sabor que cuando están cocinados.

Entré en estación de metro y bajé las escaleras. Me di cuenta que tenía una desventaja. Sólo podía captar un destello de las paredes amarillas con todos los gigantes caminando por todas partes. La plataforma parecía un foso lleno de cocodrilos, y casi podía ver el castillo, la máquina de billetes. Tendría que ser estratega como Augusto de Roma mientras corría más rápido que el Correcaminos. Si pensaba más sobre lo que iba a hacer, no hubiera podido hacerlo, pues, conté tres veces y corrí. A excepción de un cochino pegandome con su maletín, llegue sin ningún inconveniente a la máquina.

Pero cuando llegué, pude ver que no valía la pena. Mi estrategia había excluido este detalle. La máquina decía que el precio mínimo era de 1,5€ hasta 5 estaciones. Señal del precio del metroEn ese momento una pequeña voz apareció en mi mente y usó mi boca para decir esa palabra que sólo digo cuando Luisa cree que no estoy cerca: coño. Aunque nadie me oyó, agaché mi cabeza para evitar la galleta más grande del mundo, la que hubiera recibido si mi madre hubiera estado allí. Pero no estaba allí y esa palabra prohibida no cambiaba los precios de los billetes. Mis pies me dolían y ya me estaba dando hambre otra vez. No tenía otra opción más que sentarme.

Llevaba sentado allí en la estación de metro 4 horas. Nadie me dió ni un euro para pagar por el billete del metro. Estaba muy triste. Iba a llorar cuando un policía se me acercó. Me hizo muchas preguntas. Nunca había conocido a una persona que hablara más rápidamente que yo. Allí estaba yo, enfrente del policía, el hablador más talentoso del mundo, sin poder hablar. Al final el policía empezó a gritar porque yo todavía no había dicho nada. Sentía como una lágrima resbalaba por mi cara, pero me la sequé antes de darme cuenta de que iba a arruinar la pintura.  De repente el policía dejó de gritar. Se dió cuenta del hecho de que era un niño. Uso su radio, para hablar con el jefe del policía y notificar a  mi familia. Después de esta llamada no sé lo que pasó tan solo sé que de repente estaba en mi casa. Cuando entré, todo la familia, incluyendo el Imbécil, me estaban esperando en la sala.

Claro, cuando mi madre me vio, me dio muchisimos besos y después, como siempre, empezóa gritar. Me llamó atontao y me dijo que mi plan de huir nunca podría haber funcionado. Me sentí mal porque creía que mi plan era el mejor pensado en todo el mundo. También, estaba totalmente sorprendido cuando vi las caras de mi padre, mi abuelo, y  el imbécil. Todos tenían expresión de madre de cachorro perdido cuando finalmente su cachorro regresa y puede estar en paz. Nunca había pensado que mi familia me extrañara si hubiera huido de la casa, pero en este momento me sentí el niño más feliz del mundo, de mi pequeño mundo de Carabanchel.