Más sano que una manzana

Un día, llegué a la casa con las gafas rotas y tuve mucho miedo. La última vez que rompí las gafas, mi madre me gritó:Manolito con sus gafas rotas

– Me estás matando, Manolito. ¡Me estás matando!

No entendí por qué ella me dijo eso. No tenía ni un arma ni un cuchillo, sólo mis gafas rotas, y ella siempre me decía que la violencia era mala. Después de gritar, ella me dio una colleja muy grande como siempre. Creo que mi madre tiene la fuerza de los hombres gordos de Japón.

Esta vez, cuando llegué a la casa con mis gafas rotas, anticipé la ira de mi madre. Pero, cuando yo pasé por la cocina, la encontré llamando por teléfono y llorando como un bebé. ¡Qué raro! Susana me dijo que las madres nunca lloran. Ellas no tienen las lágrimas en sus ojos porque nunca están tristes, sólo enfadadas. Bueno, pues allí mi madre estaba, llorando y llorando como el Imbécil.

Cuando ella terminó de llamar, me miró con una sonrisa. Me da mucho miedo cuando mi madre sonríe. Solamente la he visto sonriendo dos veces en mi vida. Sus labios nunca se mueven normalmente, como las caras de las personas que tienen inyecciones de Botox.

– Manolito, siempre estás rompiendo tus gafas. Pero esta vez, no importa. ¡Tengo un trabajo en el hospital! Mañana, ven conmigo. ¡Vamos a tomar el metro!

Creí que a mi madre se le había ido la olla. Ella me empezó a explicar que eso era un milagro y que nadie podía encontrar un trabajo en Carabanchel y que Dios estaba cuidando de nuestra familia, pero no pude oír nada.

Manolito tiene miedoAl principio, tenía miedo de la idea de visitarla en el trabajo. Había oído muchos cuentos del chulito Yihad sobre los horrores del hospital, como los doctores que siempre caminan por los pasillos en busca de víctimas para pincharles una inyección. Él me dijo que cuando fue al hospital para hacerse una radiografía después de que se rompiera la rodilla, podía oír las almas de los pacientes muertos flotando por los cuartos.

Sin embargo, siempre me entusiasma tomar el metro, así que me puse un poco feliz. Para llegar al hospital, teníamos que ir por el metro porque es más barato que un taxi y mi madre todavía no sabe conducir. Cuando yo cumpla los dieciocho, lo primero que voy a hacer es aprender a conducir. Tal vez podría practicar con el camión de mi padre (que también se llama Manolito como yo ya les he dicho), si mi abuelo estuviera dispuesto a enseñarme. Yo ya sé que mi padre me diría que no y mi madre diría que me he vuelto loco si yo les preguntara. Mi objetivo es ser el primero en aprender a conducir de todos los otros chicos de mi colegio, especialmente antes que el chulito Yihad.

Me puse un poco triste al tomar el metro sin mi abuelo. Casi siempre estoy con él cuando lo cojo y me siento un poco raro sin él. Más importante aún, cuando estoy con mi abuelo, las personas siempre nos dejan el sitio porque él es muy viejo y está de la próstata. Esto mola un pegote porque no tenemos que estar de pie, que siempre me da sueño. Esta vez con mi madre, un hombre le dio su sitio pero a mi nadie me lo dejo. Esta es una de las razones que me hacen pensar que sería más facil si yo fuera una chica. Todo el mundo te trata mejor si eres una niña. Pero no sé lo digas a nadie, especialmente a mi mejor amigo, el Orejones (a pesar de que él es un cochino traidor), porque me tomarían el pelo.

Finalmente llegamos al hospital. Nunca había estado en un hospital antes, sólo había ido a la óptica. El óptico es un hombre con mal aliento que no le gustan mis interpretaciones de las imágenes que me muestra. El Orejones, el cochino traidor más experimentado del mundo, me dijo que los doctores siempre absorben un poco de la enfermedad de cada paciente hasta que ellos tienen que ver a los otros doctores. Pero en el Hospital Quirón de Madrid, yo supe que hay muchas enfermedades más.

Yo creí que el hospital era como un programa de televisión. Tenía diez pisos que podía ver desde el fondo, y la luz del sol desde el techo hacía que todo resplandeciera. No había tanta sangre, pistolas o gritos como yo esperaba. Imaginé que estaba en una nave espacial, que los doctores con sus chaquetas blancas eran mis lacayos y que realizaban mis órdenes para asegurar la supervivencia del universo.

El hospital no era ruidoso, ni peligroso. Era más como la óptica.

Tenía que esperar mucho tiempo cuando mi madre trabajaba. Mi madre me sentó en una silla dura y fría y me dijo que esperara. No me importaba, porque desde mi silla pude ver todo. Era el rey, el capitán y el presidente. Por un momento estaba feliz porque no había nadie quién me interrumpiera.

Mi madre me dijo que no molestara a nadie. Si me metía en problemas, ella me daría una colleja. No creía que hubiera  ningún problema al hablar con otros pacientes que estaban en la sala de espera.

Le pregunté a un hombre por qué estaba en el hospital.

Manolito habla con un hombre

Él me respondió con una pregunta, diciendo por qué un niño como yo estaba en un hospital para adultos.

No entendía cómo él sabía que yo era joven. Yo podría ser un hombre muy pequeño. Podría estar en este hospital para recibir mi medicamento para crecer. Él era como mi madre y asumía que yo causaría problemas. Decidí que debía demostrar que yo era como un adulto, que era super responsable. Le expliqué que estaba esperando a mi madre y que me quedaba en esta sala con mucha paciencia.

El hombre rió y me dijo que estaba en hospital porque tenía cáncer de colon.

¡Chulo! Le dije que mi abuelo estaba de la próstata, y que le molaba un pegote.

Él me dijo que no sabía si debía contarme esto, porque era niño, pero él estaba muy preocupado con esta enfermedad. Mientras pensaba si sobreviviría, no podía permitirse faltar a trabajo. Tenía cobertura para sus cirugías de la Seguridad Social, pero no era suficiente.

Entonces le respondí que mi mamá había sido contratada aquí, y quizás él pudiera ser contratado aquí también. No sería problema, porque él estaba en el hospital de todos modos.

Él me dijo que no era tan simple, pero nunca me dijo por qué. Entonces él salió para asistir su cita. Creo que no me entendía.

Después de salir el hombre, la sala de espera estaba vacía y yo estaba muerto del aburrimiento. Las sillas estaban sucias y ellas me recordaron a las bragas de Susana. No quería sentarme en las sillas de Susana bragas sucias… ¡prefiero buscar los piojos en la cabeza del Imbécil! Salí de la sala y caminé hacia un corredor, uno tras otro. ¡El hospital era un laberinto! Tenía hambre, mucha hambre, y no sabía que hacer porque yo estaba perdido y quería comer algo. De repente, ví una caja grande y negra, una caja mágica que solamente había visto en la tele.

Manolito con la maquina expendadoraEra una máquina expendedora, con tantas opciones y con tanta altura. Era como si esta fuera mi gran aventura como un capitán del hospital. La máquina pareció una bestia que estaba guardando el tesoro, el tesoro de la comida. Estaba de la importancia máxima que obtuve el tesoro de esa bestia. Había conseguido monedas que mi abuelo y yo habíamos robado, y empecé a tirar mis monedas a la máquina. ¡Pero la bestia no moría! Entonces yo recordé algo que me dijo mi padre un día: cuando algo no va bien en tu camino, respira y mantén la calma. Así pues, yo respiré, y tranquilamente tiré la moneda en la ranura de la máquina. Y otra, y otra. Con cada choque de cada moneda, yo me sentía más poderoso. Al final de la guerra, fui el vencedor y tenía mi botín: un KitKat. ¡Qué bien!

Aunque tenía mucho miedo visitar el hospital, me he dado cuenta que no es un lugar espantoso. Era como un rey en mi silla, hablé como un paciente muy interesante, y encontré una máquina mágica. El Orejones, quién es mi mejor amigo y también un cochino traidor, no sabe nada sobre el hospital. Quizás no debo escuchar a personas tan cabezonas como ellos en mi escuela. Tengo que descubrir cosas importantes por mí mismo. La verdad es que mi madre disfrutará su trabajo nuevo porque el hospital mola mucho, y pienso que es chachi que pueda visitarlo cada semana. Pero, me alegro de que esté más sano que una manzana. No quiero ir a la hospital demasiadas veces porque tal vez me haga un hombre en la sala de espera que no entiende a niños como yo.

 

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