Llega el gordito

[audio:http://span-130-manolito-gafotas.wordpress.amherst.edu/wp-content/uploads/sites/13/2013/12/Llega-El-Gordito-mp31.mp3|titles=Llega El Gordito mp3]

        Aquí en Carabanchel, la familia es una cosa vagamente definida.  Al hijo de tu primo con dos grados de consanguinidad lo tratas como a un hermano.  Así es como el Gordito llegó a quedarse conmigo. Yo lo había visto antes una vez, probablemente siglos atrás, pero no lo recuerdaba bien. Eso de los parentescos familiares no significa nada para mi madre, ya que ella me dijo:

–Él es familia, nada es más espeso que la sangre.

Entonces el Gordito vino para quedarse con nosotros.

           Mi primo en realidad se llama Amado, y  es el chico más gordo que he conocido en toda mi vida. Él siempre está comiendo algo, incluso en la iglesia.

–Hombre, ¡no comas en la iglesia, no sé cómo es en México, pero aquí eso es de mala educación ! — le susurré, tratando de evitar la ira de mi madre, que me había dicho:

–Estás a cargo de ayudarle aquí,  es de México, donde algunas cosas son diferentes. Si se llega a meter en problemas, tú te meterás en problemas también.–  Pienso que eso no mola; definitivamente no mola ni un pegote.

       Estábamos sentados en el banco de la iglesia y el Gordito estaba masticando una galleta, o algo parecido, definitivamente rumiando como una vaca.  El cura hablaba con su voz aburrida, y el Gordito seguía comiendo su merienda como si nada, sin preocupación de ninguna clase. Yo ya estaba un poco confundido, porque no conozco ninguna iglesia en la que alguien pueda desayunar durante la misa.

       Empecé a enojarme y le di un codazo en las costillas. Tal vez habrá sido porque tiene demasiada grasa en sus costillas, porque parecía como que no sintió el golpe que le propiné.  Entonces, lo empujé con más fuerza, con exasperación.

–“¡Ay! ¡Ten más cuidado!” — gritó él, y los ojos malévolos de mi madre me mandaron una advertencia a través del banco. El Gordito siguió comiendo su galleta, de lo más tranquilo.

           Mi primo el Gordito no tardó en hacerse amigo del Orejones, de Yihad y de la Susana.  A todos les hacía gracia su figura rechoncha y su acento tan peculiar al hablar.

       Esa tarde de domingo, antes de la cena, Amado y yo decidimos jugar a un juego para entretenernos mientras esperábamos a que nos llamaran para subir a comer.  El abuelo se había ido a caminar por el barrio con el Imbécil. Quise enseñarle al Gordito a cómo jugar a un juego que se había convertido en uno de mis favoritos.  Lo llamo “las tres cosas”.  Yihad, Susana y el Orejones López, mi mejor amigo (aunque sea un cerdo traidor), estaban allí en el parque del Ahorcado con nosotros.

           Ellos no sabían cómo jugar a “las tres cosas” tampoco, porque es un juego que mi abuelo me enseñó.  Honestamente, pienso que el abuelo quiere enseñarme tanto como le sea posible antes de morirse.  A decir verdad, podría morirse mañana, al día siguiente, o un día cualquiera, porque está de la próstata.  Así que empecé a decir:

–¡Oye, todos vosotros, perdedores!  Vamos a aprender a cómo jugar a “las tres cosas.”

           Entonces, el cerdo traidor, interrumpiéndome, me dijo:

–Nunca he oído hablar de un juego que se llame así.  Es probable que sea un juego muy tonto o habríamos oído hablar acerca de él antes.

           Y yo respondí:

–¡Cállate, Orejones! Necesito enseñar “las tres cosas” a tantas personas como me sea posible antes de que mi abuelo pase a mejor vida con eso de la próstata. La razón por la que nunca has oído hablar de este juego es porque se juega en Castrillo de Duero, que es un pueblo muy pequeño de Valladolid, donde mi abuelo vivió muchos años atrás cuando era muy joven.

           Entonces el Orejones dijo:

–Lo siento, pero estoy de muy mal humor porque tengo mucha hambre, podría comerme hasta un caballo, ¡aquí y ahora mismo!

           Entonces, Susana Bragas Sucias y el capitán Merluza dijeron:

–¡Orejones, todos tenemos hambre también.  ¡No seas  pesado!

–Gafotas, explica el juego de una vez, ¡que se me está acabando la paciencia!

           A lo que yo dije:

–¡Vale!  Aquí va la explicación de cómo se juega a “las tres cosas” a ver si todos vosotros, pandilla de cabezas duras, podéis entenderlo:

      –Se empieza por escoger al niño que desea ser “La Cosa”, digamos que yo quiero ser “La Cosa” primero.  Entonces mientras vosotros estáis a mi alrededor, yo, “La Cosa”, nombro tres objetos o cosas que pueda ver. A continuación cierro mis ojos y cuento muy despacio hasta diez o muy rápido hasta 20, mientras, vosotros corréis y tocáis las tres cosas que mencioné y luego os escondéis.  Cuando yo termine de contar, abriré los ojos y miraré a mi alrededor para encontraros con la mirada.

           –Yo, como “La Cosa”, solamente podré dar tres pasos. Si veo a alguien, digamos que veo a Amado, entonces diré: “–Por Amado” y entonces Amado quedará fuera del juego. Si no veo a nadie, entonces diré: “—Vuelvo a contar” y contaré otra vez mientras los demás tocáis las tres cosas otra vez y os escondéis nuevamente.   Después de tocar las tres cosas, deberéis tratar de tocarme sin ser descubiertos; y el que me toque dirá: “—Por mí”. Entonces esa persona pasará a ser “La Cosa” y el juego volverá a empezar otra vez.

Todos opinaron que un juego de correr y de esconderse iba a ser muy divertido, así que empezamos a jugar. Yo gané el primer juego, por supuesto, siendo el experto indiscutible del juego de “las tres cosas”.  Todos mis amigos ganaron por lo menos un juego cada uno.  Lo pasamos bien por un buen rato, y entonces Amado y yo nos fuimos para mi casa cuando mi madre nos llamó a la hora de la cena, mientras que Yihad, Susana y el Orejones fueron a sus respectivas casas al ser llamados por sus respectivas madres.

Después de que mi madre nos hubiese gritado para anunciar que la cena estaba lista, el Gordito y yo corrimos el uno contra el otro para llegar primero, porque ambos queríamos el mejor asiento en la mesa, lo más cerca posible del enorme plato de comida.

           El haber jugado toda la tarde nos dejó muertos de hambre. Recordé que mi madre me dijo que cocinaría una paella muy sabrosa con pimientos y gambas; hasta podía oler el aroma del azafrán en mi imaginación.  ¡Mmm!

        

O quizás mi madre había cocinado pollo al chilindrón. Ella lo sabe hacer muy rico. ¡Ay dios mío!, tenía tanta hambre, que quería hacer como Amado, nunca parar de comer. Se me hacía la boca agua.

            Cuando por fin nos sentamos en las sillas, mi madre me agarró del brazo y me dijo:

           –¡Cuántas veces te he dicho que no te sientes en la silla cuando estás tan sucio!  ¡Arruinarás el cojín! ¡Usa tu cerebro, Manolito! Necesitas lavarte antes de sentarte a la mesa. Lleva a tu primo contigo.  Amado, tú estás cubierto de migas de galletas y muy sucio, ¡ay dios mío!. ¡Deprisa!

           Amado tenía unas galletas en su bolsillo y se las comía mientras mi madre nos hablaba.  Me gusta lo que hace mi primo porque no tiene miedo y hace todo lo que le viene en gana. Mi madre no me permitiría esa conducta.

            Nos lavamos las manos y la cara, y nos pusimos ropa limpia. Mientras tanto, podía oler el aroma del arroz con chorizo español que venía de la cocina.

            –Me encanta el chorizo. Mi madre cocina chorizo con huevos y papas todas las semanas— me dijo el Gordito mientras cerraba los ojos para imaginarse el plato que su madre prepara semanalmente.  Muy buena cocinera debe ser ella, a juzgar por la forma esférica de su hijo.

           –¿Has comido chorizo antes, Amado?  Pensé que era un plato famoso de

España y que no se comía en ninguna otra parte del mundo— dije.

           –Bueno, los mexicanos somos descendientes de españoles, ¿no?— me contestó.  –También tenemos chorizo, pero no es exactamente igual.

           -Manolito, debes escuchar a Amado y aprender cómo son las cosas allá en México. Algún día podrás ir de visita al Nuevo Mundo— me insistió mi madre –presta atención.

           También mi sita nos dice que necesitamos prestar más atención cuando otros hablan, pero en ese momento me estaba concentrando más en mi comida y menos en lo que los demás hablaban.

            Amado y mi madre hablaron durante toda la cena. No podía entender exactamente la forma en la que  se conectaban, pero tenían muchas cosas en común.  Mi madre había visitado México cuando era joven, y los dos conocían cosas acerca de los partidos de fútbol de los Chivas, les gustaban los bocadillos de México, como los chicharrones y el maíz con mayonesa y chile. Cuando mi madre mencionaba la comida de México, los ojos de Amado se iluminaban.

           Mientras __ hablaban, empecé a soñar que si yo fuera rey, podría viajar y comer diferentes platos de todo el mundo. Mi mamá sería feliz y mi padre finalmente nos podría llevar de vacaciones.  Y soñaba con mi trono mientras me comía otro chorizo.

    Al día siguiente, pensé que finalmente había llegado el día más triste de mi vida.  El día en el que se acabarían todas mis posibilidades de encontrar a una chica a la que llamar mía. El Gordito, el hombre más zalamero del mundo, entraría en la escuela conmigo y después de que lo conocieran todas las chicas de la escuela, todas querrían volverse a México con él; claro está, con tal de que su peso no causara  que se cayera el avión desde el cielo.

           Por supuesto, este día empezó con el desayuno más grande de la historia del mundo. En lugar de decir “Buenos días, Manolito”, el Gordito me dijo: –Mayordomo Manolito, tengo hambre. Prepáreme unas tortillas con frijoles refritos y un pollo con salsa de mole, ¡ándele pronto!, por favor.  Yo  le contesté:–Gordito, mira, que no estás en México. Estás en España.  Aquí tenemos tortillas españolas con huevos y patatas, no frijoles.

           Gracias a Dios que no hay frijoles para desayunar en España, o el Gordito despediría unos olores horribles, producto de los gases que se producen cuando ingieres los mentados frijoles.

            Después del desayuno, salimos para la escuela. No hay que ser un genio para darse cuenta de que a las chicas no les gustó el Gordito. El pobre muchacho obtenía más risas que números de teléfono por parte de las tías.  Pero la chica con la que él no tenía agallas suficientes para hablar era Susana.  De todas las chicas del mundo, mi primo decidió que no quería ser un  payaso enfrente de Susana Bragas Sucias.  Durante el resto de aquel día en la escuela, el Gordito no paró de hablarme de Susana.

           –Manolito, es posible que tenga que quedarme en España más de lo que me imaginaba, por lo menos hasta que pueda hacerme novio de la Susana, y entonces nos podremos escapar juntos para México–  me dijo el Gordito con la cara roja, ciego de amor.

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