La ciudad de gatos y ratas

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En diciembre, mi padre decidió jugar a la lotería. Como cada año, mi padre compró varios boletos esperando ganar algo, pero a mi madre no le gusta esta tradición porque le parece estúpida. Cada año, cuando se acerca la Navidad, mi padre recorre las tiendas diferentes para encontrar sus números favoritos pero nunca gana nada. No sé porqué pero él sigue jugando año tras año, incluso sabiendo que tendrá problemas con mi madre por ello. Siempre que mi padre llega a casa con los décimos en la mano, mi madre se vuelve loca y sus gritos se escuchan en toda la casa.

“Manolo, te he dicho mil veces que es un desperdicio de dinero,” le grita siempre. Y continúa que si no prefiere invertir ese dinero en nuestra educación. Al final siempre le acaba llamando egoísta.

A lo que mi padre contesta con una simple frase que nunca cambia: “Un día ganaremos.”

¡Por fin , este año mi padre ha ganado!  Pero había un problema pequeño. Mi padre no ganó dinero, sino que le tocó un viaje a cualquier parte del mundo. Mis padres pasaban mucho tiempo decidiendo el destino de las vacaciones. Mi madre no podía confiar en las decisiones de mi padre porque él se había dedicado a malgastar el dinero de la familia año tras año, algo que a mi madre le parecía totalmente inmaduro. Mi padre se quejaba porque no veía justo que mi madre fuese la que decidiese a qué lugar debían ir sin tener en cuenta sus deseos, ya que él había comprado el boleto. Pero después de una semana, durante la cena, mis padres decidieron viajar a Nueva York, no sólo porque es una ciudad increíble, sino también para ver a ver mi tío dominicano, del que yo no sabía nada.  Todo iba bien hasta que me enteré de que estaban planeando ir sin mí.

Dos semanas antes de salir hacia el aeropuerto, mi madre me dijo:

— Tu padre y yo vamos a viajar a Nueva York. No te preocupes, pero tú y tu hermano vais a quedaros aquí con el Abuelo. Vamos a regresar en unas semanas, y no busquéis problemas.

— ¿Pero por qué no te llevas al Imbécil contigo? No quiero que él se quede aquí con el Abuelo y conmigo. Sería como mi vida dulce antes de que el Imbécil apareciera y lo cambiase todo.

Ella siempre se enfada conmigo cada vez que llamo a mi hermano ‘el Imbécil’.  Le pregunté a mi madre y a mi padre millones de veces que por qué iban a Nueva York sin mí, pero no me dijeron  nada. Intenté encontrar una respuesta preguntando a mis amigos, pero ni el Orejones ni Yihad sabían nada. La única persona que me dio una respuesta que se quedó en mi mente fue Susana, que creyó adivinar que ellos iban para encontrar un lugar donde pudieran dejarme la próxima vez que yo hiciera alguna cosa mal.

— ¡Cállate Susanna, eso no es cierto! No voy a escuchar nada de lo que dices.

— No es mentira, he visto un programa de televisión donde envían a los niños que molestan lejos de sus familias.

Estaba extremadamente enojado hasta dos días antes del viaje. Mi madre me dijo que era bromeando. Ella iba a tomar toda la familia a Nueva York y sólo quería sorprenderme. ¡Qué broma!

El cuatro de enero, nos levantamos temprano y nos fuimos al aeropuerto de Madrid. Era mi primera vez en un lugar como este. ¡Qué extraño! Había mucha gente en el aeropuerto ese día. El Abuelo estaba muy contento porque había muchas chicas guapas con las que podía hablar. El sitio estaba lleno de máquinas raras. Una de las más raras estaba en el mostrador de billetes. Detrás de la máquina, había un hombre con un uniforme azul. Este señor, preguntaba por nuestras maletas y nos ordenaba ponerlas en la máquina que se las tragaba para luego devolverlas por una pequeña puerta. Mientras la maleta entraba y salía por diferentes puertas, el señor revisaba su interior en una pantalla para luego pedirle a mi madre dinero por cada una de ellas.

Después de que nosotros hubiésemos terminado con las maletas, mis padres decidieron que era el momento perfecto para sentarnos a comer. El Imbécil, mi abuelo, y yo queríamos hamburguesas, pero mi madre, con un grito seco, se negó. En lugar de unas ricas hamburguesas, comimos ensalada. Encontramos una mesa para cinco y nos sentamos dispuestos a comer, pero mientras estábamos comiendo, mi madre empezó a preocuparse por el avión. Ella se dio cuenta de que casi no teníamos tiempo para llegar a la entrada e inmediatamente, toda la familia empezó a correr por el aeropuerto. Yo no entendía el porqué de tanta prisa, y mi abuelo me explicó que llegábamos tarde a la puerta de embarque, o algo así me pareció entender debido a que corríamos tan rápido que mi abuelo casi no podía hablar.  Finalmente nosotros llegamos al avión y entramos. El Imbécil, mi abuelo y yo nos sentamos juntos y mis padres fueron a otra parte del avión en la que supuestamente los niños no podían entrar. Entonces me senté en el avión y al cabo de dos horas me dormí. Después de un largo viaje, llegamos al aeropuerto de Nueva York, todo parecía diferente, no solo la gente sino también los carteles, los cuales estaban escritos con palabras muy raras. No usaban letras diferentes, como hacen los chinos, pero las unían de forma que al intentar leerlas perdían el sentido. No entendía nada. Después de esperar durante mucho tiempo a mis padres (que estaban rellenando papeles y recogiendo las maletas de una máquina que le daba la vuelta a miles de maletas) salimos del aeropuerto, cogimos un taxi y finalmente llegamos a una especie de casa que estaba rodeada de árboles y de un jardín. Todos estábamos maravillados, la ciudad era preciosa y la casa en la que íbamos a quedarnos parecía salida de un cuento. En el taxi, me dediqué a escuchar hablar a la gente y también le prestaba atención a la radio, pero no conseguía entender nada; el inglés es un idioma dificilísimo. Habíamos estado mucho tiempo en el avión y todos estábamos muy cansados así que nada más llegar al apartamento nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente, me desperté con un brillante rayo de luz que estaba pegándome en la cara a través de la ventana. Tengo que decir que no estaba precisamente contento cuando me desperté debido a la luz del sol que me cegaba. Eran las siete de la mañana. ¡Además, era una mañana de sábado! Todos los demás estaban profundamente dormidos. Por lo tanto, me senté en el sofá y cerré mis ojos. Escuché atentamente a los ruidos exteriores e inmediatamente me sorprendí por el ruido.

Oía el ruido de los automóviles, de las personas y de las obras. ¿Por qué estaba despierto todo el mundo tan temprano por la mañana? La ciudad estaba viva. De repente, yo sentí ese impulso de levantarme. Me sentía vivo. Ya no estaba en Carabanchel, estaba en Washington Heights. Rápidamente, eché un vistazo al cuarto. Mis padres y el abuelo estaban profundamente dormidos en otro cuarto mientras que Imbécil dormía en el sofá.

— “¡Imbécil! despierta ¡Vamos a la ciudad!” grité.

Imbécil me miró, limpió sus ojos, y asintió con la cabeza. Entonces, rápidamente le di una camisa y dejamos nuestro apartamento para buscar nuevas aventuras.

Imbécil quedó maravillado del ambiente extraño y nuevo.

— “¿Manolito, por qué hay tantas personas raras? No entiendo nada.”

Pero, yo no podía contestar a sus preguntas, al igual que él, yo tampoco entendía nada. Esta tierra extraña y nueva era muy diversa. Había muchos tipos diferentes de personas. Recuerdo cuando aprendí en clase que hay personas con diferentes colores de piel por todo el mundo. La sita Asunción nos ha contado que dependiendo del lugar de origen, cada persona puede tener diferente color de piel y de forma de hablar. Sin embargo, nunca nos habló sobre cuánta suciedad había en la ciudad de Washington Heights. Estaba impresionado por la cantidad de chabolas que había. Mi ciudad no es que estuviese mucho más limpia, pero era diferente. Había más confusión debido a los altos edificios.

Estábamos caminando por la calle cuando encontramos una tienda de helado. Queríamos comer helado porque no pudimos comer las hamburguesas en el aeropuerto, pero no tenía dinero.

De repente, Imbécil tuvo una idea:

>>Debemos pedirle dinero a la gente de diferente color. Pienso que las personas son de diferentes colores porque tienen dinero. Pero no sé.<<

En momentos como estos, no tengo ninguna duda de que mi hermano es un imbécil. Pero, tenía mucha hambre. Entonces, le dije al Imbécil:

        >>Puedes preguntarle a este hombre.<<

        >>Sí<<

El hombre miró a mi hermano con cara seria y mi hermano empezó a llorar. Estaba muy enfadado porque no habíamos conseguido dinero para los helados y además el Imbécil estaba llorando. No sé porqué, pero traté de parar sus lágrimas con una canción.  Él paró de llorar y me di cuenta de que mi hermano era un chico muy sensible y necesita más amor que otros. ¡Qué imbécil!

Aunque la ciudad es todavía confusa para mí, he disfrutado mucho de mi estancia. Mi tío ha cocinado comida deliciosa para mí y para el Imbecil cuando regresamos de nuestra aventura por las calles de la ciudad. Yo estoy seguro de que sabía cómo hacer alguien feliz con unos cuantos platos de comida. Aún quiero explorar la ciudad, en este momento estoy contento de estar reunido con mi familia al completo.