La piscina que mola un pegote

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El sábado, estaba cantando durante el desayuno. Sé muchas canciones y estaba tratando de enseñarle al Imbécil todas las canciones pero no me estaba escuchando y entonces le grité que era un estúpido y que no podía aprender nada. Mi madre estaba muy enfadada con lo que le había dicho a mi hermano e intentó llamar nuestra atención pero, el Imbécil y yo no hicimos caso y continuamos discutiendo.


Mi madre estaba muy ocupada y ella me dijo que no podía prestar atención a mis canciones. Yo pienso que ella estaba enfadada porque mi actitud con mi “pobre” hermanito no había sido la mejor. Ella me prohibió que hablase con el Imbécil durante el resto del día y para mantenerme distraído, ella me pidió que le ayudara con el desayuno, pero como siempre, yo estaba pensando en otra cosa y no la escuché, entonces ella me soltó una colleja que me despertó de inmediato. El Imbécil empezó a reírse y empezamos a pelearnos otra vez porque no hay nada que odie más que ser el chiste de esta familia. Mi madre me gritó que me callara; ella estaba harta de nuestras peleas.  Afortunadamente, mi abuelo entró en la cocina cuando ella estaba gritando y nos dijo que había estado hablando con la Luisa, nuestra vecina. Ella le dijo que quería llevarnos a una piscina nueva que estaba a una hora de casa.  A todos les pareció una buena idea; así mi madre tendría tiempo para ella y para estar sola en casa sin nosotros y al Imbécil y mi nos entusiasmó la idea de ir a la piscina.

        Nunca había ido a una piscina pero había soñado con su agua azul y con los toboganes de agua. Había querido ir a una piscina durante toda mi vida así que me apresuré a ponerme mi traje de baño. En tan solo diez minutos, estuvimos preparados para escapar de casa y pasar un buen día. Mi madre me puso mucho bronceador, y salí de casa contento pero a la vez un poco nervioso porque viajar con la Luisa puede ser parecido al hecho de estar en mi casa. Estaba seguro de que la Luisa es tan estricta como mi madre, y no sabía cómo sería salir de casa con ella.

        Teníamos que coger un autobús para ir a la piscina porque estaba un poco lejos del vecindario. La Luisa normalmente utiliza su coche, pero estaba estropeado. Mientras estaba en el autobús,  iba mirando el paisaje a través de la ventana, imaginando la piscina y los toboganes de agua.


El Imbécil es muy pequeño y pensé que posiblemente no podría usar los toboganes y que me estropearía el día con sus lloros. De momento, mientras soñaba con mi día perfecto, empecé a sentirme un poco mareado. El autobús estaba moviéndose muy rápido pero cerré los ojos y traté de imaginarme en la piscina. Por nada del mundo quería perderme esta aventura.

Intenté pensar en otra cosa que no fuera mi dolor de cabeza y me puse a mirar a la gente que había en el autobús. Nunca me había fijado en lo interesante y rara que puede ser la gente en un autobús; había una mujer muy gorda con un perro muy pequeño, lo que me hizo mucha gracia al pensar en ese pobre perrito aplastado entre sus brazos. Había otros dos chicos mayores que yo que me parecieron muy guays porque viajaban con sus patinetes, y un hombre muy arreglado que llevaba traje y corbata y estaba sentado solo con una cara muy seria. El autobús estaba lleno de gente interesante pero había un hombre en particular que me produjo mucho miedo e interés a la vez. Él tenía los brazos llenos de tatuajes muy chulos y estaba hablando solo, como si hablara consigo mismo. Intenté escuchar lo que decía pero no conseguí encontrarle sentido a sus palabras. Me quedé pensando en el motivo por el que ese hombre hablaba solo y me entristeció pensar que posiblemente no tenía amigos con los que hablar. La Luisa se dio cuenta de que estaba mirándolo fijamente y me dijo que era muy grosero mirar a las personas con problemas. Volví a mirarlo fijamente e intente descubrir cual era su problema, pero lo  único raro que encontré fueron los tatuajes en sus brazos. Fuera lo que fuese, no pude pensar en esto por mucho tiempo, porque mi deseo de llegar a la piscina se hizo tan grande que ya podía sentir el agua en mis pies.  

Finalmente, llegamos a la piscina y antes de entrar nos pusimos en la cola para sacar las entradas.  Había una valla muy grande alrededor y unos edificios pequeños en los que parecía no vivir nadie.  La Luisa tuvo que pagar dinero por las entradas y puso cara de estar enfadada mientras decía el nombre de mi madre en voz baja, pero no sabía a lo que se refería. Ayudé al Imbécil a pasar por la verja y entramos en la piscina.  ¡Era maravillosa!  El agua era de lo más azul que yo había visto en toda mi vida. Muchos niños jugaban en el agua y al lado de la piscina mientras los padres se sentaban a la sombra tranquilamente mientras leían sus revistas y libros.  Un hombre que tenía un bigote muy grande estaba vendiendo helados y bolsas de patatas fritas. Todo era como me lo había imaginado, era el sitio más guay del mundo.

La Luisa le puso crema solar al Imbécil y se sentó en una silla que estaba cerca de un pequeño árbol que daba sombra.  Como yo ya soy un chico mayor, puse la crema solar en mi mano y la extendí por mi estómago y mi espalda.  De repente, el Imbécil empezó a llorar porque la loción estaba fría, el primer llanto estúpido del día.  Después de ponernos la crema solar y de consolar al Imbécil nos apresuramos a ir a la piscina pero un grito ensordecedor nos hizo pararnos en seco. La Luisa, con las manos llenas de crema, se acercó a nosotros y puso aún más crema en nuestras caras mientras nos decía que no quería que nos tostásemos al sol y nuestra madre le gritara por ello.  Por fin, nuestra piel estaba blanca como la leche y estábamos listos para el fuerte sol que hacía en esa maravillosa piscina.

Tenía muchas ganas de meterme en la piscina, y corrí dispuesto a saltar lo más alto que pudiese pero antes de llegar al agua, me di cuenta de que el Imbécil no estaba conmigo. Miré a la izquierda y a la derecha, pero no pude encontrarle. Me puse muy nervioso. Me dije a mí mismo que no era mi culpa que el idiota se hubiera ido de mi lado. ¡En mi mente era algo bueno! No tenía que preocuparme por sus travesuras, ni llantos estúpidos, pero no podía dejar de pensar en las collejas que me daría mi madre si regresaba a casa sin el Imbécil. Tenía que encontrar al idiota antes de que la Luisa se diese cuenta de que se había perdido, y me culpara a mí.

El día era muy caluroso y había muchísima gente en la piscina, ¡Un montón de gente! Iba a ser imposible encontrarle pero para salvar mi nuca tenía que hacerlo. Caminé alrededor de la piscina mientras gritaba pero no había ningún rastro del Imbécil– no tenía ni idea de dónde se había metido el idiota. Toda la gente que oía mis gritos me miraba con cara rara, y me di cuenta de que era porque estaba diciendo a grito pelado  ¡Imbécil!. Tuve que explicar que el Imbécil era mi hermanito y que se había perdido. Una mujer me regañó porque el mote que usaba para llamarlo no era apropiado. Para intentar hacerme entender, le dije que ella no conocía a mi hermano, que era un diablo y la peor criatura del mundo, pero a ella no le gustó mi explicación y me agarró del brazo. Me preguntó dónde estaba mi madre, que quería hablar con ella para contarle sobre mi mala actitud. ¡Ahí estaba otra vez! Ella era exactamente como mi madre, por un momento pensé que esa mujer totalmente desconocida me daría una colleja.

Le dije con un tono de voz muy dulce que mi madre no estaba allí, que mi hermano y yo habíamos ido a la piscina con mi vecina la Luisa – una mujer muy estricta. Ella, con brazo firme me acompañó al árbol donde estaba la Luisa, y le contó todo lo que había hecho. Mientras las mujeres estaban hablando, vi que el Imbécil estaba cerca de la Luisa, con la boca llena de helado de chocolate. En ese momento me sentí muy enfadado. Había malgastado mi tiempo buscando al Imbécil en vez de ir a la piscina, y él había estado ahí todo el tiempo disfrutando de su helado. Grité que no era justo que el Imbécil siempre recibiera sorpresas, y yo siempre saliera perdiendo. Yo también quería un helado.

La Luisa me respondió que parase de gritar, que el Imbécil había estado con ella todo el tiempo y que antes de que saliera corriendo hacia la piscina, ella había preguntado que si nos apetecía un helado. No pude creerlo, todo el tiempo que había estado buscando al Imbécil él había estado con la Luisa comiéndose un helado de chocolate.

Caminé hacía el Imbécil y le di una colleja pero, La Luisa, enfurecida, me dijo que ni se me ocurriese empezar una pelea. Ella parecía no entender el susto que me había hecho pasar el Imbécil de mi hermano. Con esta idea en la mente, recordé que mi madre cuando se asusta o se molesta me suelta collejas como panes, ¿Por qué no puedo darle una colleja al Imbécil?. La Luisa, que seguía sin enterarse de la historia, nos dijo que si no podíamos llevarnos bien, volveríamos directos a casa.

Con esta amenaza, decidí ignorar al Imbécil y divertirme en la piscina porque esta piscina mola, mola un pegote.  Antes de que pudiera salir disparado al agua por segunda vez, me di cuenta de que el Imbécil estaba llorando. Resulta que cuando le di la colleja, su helado se cayó al suelo, así que allí estaba de nuevo, siendo regañado por la Luisa y perdiendo un día precioso de piscina.

La Luisa le dijo a Imbécil que si paraba de llorar, le compraría otro helado. Se giró y vio mi cara de tristeza, entonces su corazón se conmovió y me prometió un helado si el día transcurría sin más incidentes. Y con esto, la Luisa nos llevó a la tienda de helados y  nos dejó elegir el helado que íbamos a tomar.  Con los helados en nuestras manos, el Imbécil y yo empezamos a disfrutar del día. Nada más terminar, nos pusimos a explorar la piscina juntos, nadamos y nos divertimos en los toboganes. Fue el mejor día de todo el verano.

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