La excursión a Las Ventas

En mi colegio, que ya te he dicho es el <<Diego Velázquez>>, a todos los estudiantes les encanta ir de excursión, pero por un motivo u otro las sitas nunca nos llevan a ningunos sitios interesantes, y especialmente mi sita Asunción. Antes de hacerse amigo de mí, Yihad, el chulito, decía que era así porque nadie podría ver al Orejones y a mí sin máscaras en las caras, pero pienso que es porque mi sita, quien es un poco vieja, ya ha ido a todos  los sitios interesantes cerca de Madrid. Por eso, ella nos sorprendió cuando hace dos meses anunció que el próximo domingo, durante las Fiestas de San Isidro, iríamos a la Plaza de Las Ventas para ver las corridas de toros, y que se necesitarán unos acompañantes.

Esto a mí me pareció fantástico. Nunca había visto una corrida de toros y no sabía cómo terminaban las corridas, pero sabía el resto del proceso y a veces cuando el Imbécil era más pequeño  fingía que él era un toro y yo bailaba alrededor de él con mi capa, hasta que mi madre me daba una colleja. A veces el Imbécil trataba de ser el torero, pero él siempre pensaba que era vaquero y que yo era su caballo favorito, pero no me enojaba porque es un imbécil y no puede evitarlo. Cuando llegué a casa para dar las buenas noticias a mi madre, ella se enojó y me dijo que estaba a favor de los derechos de los animales. Pensé:

-A favor de los derechos de los animales sí, pero de los niños no-, pero no le dije nada. Es cierto que soy un cachondo, pero no cuando mi madre está a punto de soltarme una galleta.

Y después mi abuelo, quien siempre mola un pegote, habló en voz alta y dijo:  -¡La corrida es una institución nacional imprescindible, y me anima que la maestra (una mujer muy inteligente y guapa, estoy seguro) quiera reconocer esta gran tradición! Si San Isidro viviera hoy, él lloraría por el estado de su festival con la gente hablando sobre ‘derechos de los animales.’ Los toros no sienten nada. Tienen cerebros minúsculos. Relájate, Manolito, que iré contigo el domingo.-

Desde el principio de los tiempos no había existido un discurso tan conmovedor. Habría aplaudido pero a mi abuelo y mí, mi madre nos dio una mirada de enojo y nos escapamos a la terraza. Esa noche sólo pude pensar en las corridas, y cuando trataba de dormirme no podía quitármelo de la cabeza. Las palabras del abuelo me habían entusiasmado tanto que en vez de contar ovejitas, conté toros saltando una capa roja. Cuando finalmente me dormí, había contado más de trescientos toros.

El domingo, los estudiantes se reunieron en la escuela antes de ir a la plaza. Cuando Yihad vio a mi abuelo, él se puso rojo y empezó a hablar con la Susana. A mí no me importaron las acciones del chulito en ese día magnífico, y con una sonrisa en los labios fui a hablar con el Orejones. Él tenía una rama de árbol y perseguía a un gato callejero mientras que le estaba gritando: -¡Tercio de muerte!

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A decir verdad, no sabía exactamente de qué él hablaba, pero sabía que perseguir gatos es muy guay, y empecé a perseguirlo con el Orejones. Habíamos jugado así por tres años y nunca habíamos atrapado a nada, pero de repente Yihad se nos unió por primera vez y agarró el gato con una acometida súbita. El gato le arañaba y me partí de risa cuando el Orejones le dijo al chulito: -¡Vámonos, mátalo como si fuera toro!

En un momento dejé de reír y pregunté a Orejones: -¿Por qué hablas sobre la muerte?

El Orejones abrió la boca pero era Yihad quien habló primero: -¡No seas estúpido! Al final de la corrida el toro muere cada vez. ¡Los toreros lo hacen así!

Y Yihad tomó la rama y trató de apuñalar el gato, que escapó en el último momento. Pero en aquel entonces no vi nada porque ya me había desmayado. Cuando me desperté,  mi abuelo me estaba mirando con una mirada de preocupación. Él me preguntó por qué yo me había desmayado, y le dije, a media voz para que el Orejones que a veces era traidor no pudiera oír, que antes de eso no había sabido lo que les ocurría a los toros al final de la corrida. Él no hizo nada por veinte segundos, pues con un suspiro dijo: -Ahora no puedo decirte nada. Ven conmigo, el autobús está a punto de salir.

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El autobús empezó a moverse pero yo no percibí nada.  Estaba pensando sobre los toros y en el final de la corrida.  No entendí por qué los toreros necesitaban matar a los toros.  Miré al abuelo y decidí hablar con él, porque él molaba lo suyo y sabía que a él no se le iba a quitar el sueño por los toros muertos. Me sentía mareado y estaba a punto de desmayarme cuando por fin pude pensar en otra cosa porque el autobús pasaba por la Cárcel de Carabanchel. La cárcel siempre me había fascinado, pero cuando una vez yo traté de hablar de la cárcel con mi familia, mi padre no dijo nada y mi madre me mandó que no hablara sobre la cárcel nunca más. Obviamente había hablado de la cárcel con todos mis amigos desde ese día, a excepción del chulito Yihad, quien normalmente no tenía pelos en la lengua. La Susana bragasucias me dijo que Yihad se comportaba así porque sus dos hermanos mayores estaban en la cárcel, y no tenía ninguna razón para dudar de ella.

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Cuando estábamos cerca de los muros, los presos en el patio nos vieron y empezaron a gritar palabrotas. No entendí todas las palabrotas y le pedí a mi abuelo un lápiz para escribirlas y las busqué otra vez, pero él estaba mirando al frente del autobús: mi sita estaba gritando como nunca se había visto en la historia de la escuela.

-¡Idiotas! ¡Estúpidos! ¿Qué dirían sus familias si pudieran verles ahora? ¡No les educó para que fueran a la cárcel y gritaran a unos estudiantes que todavía tienen deseos y unas oportunidades para tener éxito!-

Los presos no sabían cómo responder, y algunos se pusieron rojos. Mi abuelo se animó y me dijo que siempre sabía que ella era muy inteligente y además guapa, y que tuve suerte de tener una maestra tan maravillosa. –Hay muchas palabras que sí describen a mi sita, pero “maravillosa” no.- dije para mis adentros. Empecé a pensar sobre los toros otra vez, pero afortunadamente después de unos minutos miré a mi abuelo y vi que él estaba listo para dejar el autobús.  Ya estábamos en la Plaza de Las Ventas.  Le dije a mi abuelo:

-¿Cuánto tiempo habíamos montado en el autobús?-  Mi abuelo me vio y me dijo: -Casi una hora.  ¿No recuerdas?-  Yo no supe…había pensado por mucho tiempo.  Yihad y el Orejones ya estaban afuera del autobús.  Bajé rápidamente porque no quería llegar tarde a la corrida aun si el toro matará.  Tenía que ver esto.

Nuestro grupo de estudiantes, con mi abuelo, Yihad, el Orejones y yo en la parte posterior de la multitud, empezamos a movernos hacia La Plaza.  Había una multitud en frente de las puertas.  Había personas de todos tipos y unas vendedoras.  Vi un tendero que vendía hamburguesas y le señalé.  Mi abuelo también lo vio y negó con la cabeza. Me dijo:

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-No, no Manolito.  Quizás después de la lucha si tenemos tiempo.  Tú tienes un estómago muy débil y no quiero que vomites en La Plaza…-

Yihad oyó lo que me dijo mi abuelo y se rió mucho.  Él le susurró al Orejones y los dos me miraron con sonrisas grandes.  Le dije a mi abuelo: -¿Por qué necesitas contarle todos los problemas que tengo a todo el mundo?-

-Lo siento, pero es la verdad.  No necesitas ocultar quién eres.- Me dijo mi abuelo.  Bajé la vista. Pero todo eso cayó en el olvido cuando entramos en La Plaza de Las Ventas.  ¡Era grande!  ¡Era enorme!  ¡Era el lugar más grande que todos los otros lugares del mundo mundial!  Y en el centro de ese estadio magnífico estaba el toro.  El toro estaba detrás de una valla muy pequeña y baja.

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Todos los espectadores encontraron sus asientos y se sentaron.  Una persona vistosa, el torero, caminó al centro del terreno y levantó una capa roja al estadio.  La multitud animó al torero.  Cuando todos estaban tan ruidosos como fuera posible, los banderilleros liberaron al toro y la corrida empezó.  ¡Era asombroso!  El toro corrió al torero y yo no pude verlo.  Pero de milagro, cuando abrí los ojos, el torero todavía estaba bien.  Era imposible.  Pero como la corrida continuó, me preocupé más y más.  ¿Cuándo iba a ocurrir?

Un minuto después de haber pensado eso, el torero sacó una espada.  El toro corrió por último vez y el torero apuñaló al animal por el cuello.  Yo grité y, con puntualidad, me desmayé.

Cuando desperté unos minutos después, mi abuelo me estaba mirando, otra vez, con la mirada de preocupación.  Yo lloré mucho y le pedí a mi abuelo:  -¿Por qué?  ¿Por qué el torero mató al toro?-

Mi abuelo miró al toro de arriba abajo y me dijo:-Después de la corrida, si el toro no se muere, él estaría enojado por el resto de su vida.  Tendría muchos problemas.  Pero si el torero mata al toro, no estaría enojado.-

Yo vi al toro en el centro de la plaza donde había muerto.  El toro estaba pacífico.  Entendí por qué el torero siempre mata al animal.  Es natural y mejor para el toro.

Cuando le dije eso al abuelo, me miró con una mirada que nunca había visto ni una vez en mi vida. -¡Vaya sentimiento! Hombrecito, que es la cosa más madura que he escuchado de ti en mi vida.-

Era impresionante. No pude decirle nada a él porque estaba a punto de llorar, pero le di un gran abrazo. Pienso que él entendió lo que yo estaba tratando de decir.

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