La búsqueda de Robín de los Bosques

Autores: Scott y Ellie

Algún día, mi madre podrá perdonarnos a mi abuelo y a mí, pero hoy no.  Estamos aguantando la reprimenda de mi madre, y estoy aguantando las collejas.  Mi abuelo tiene suerte de ser el padre de mi madre y tener la defensa de su edad contra las collejas.  Él mola un pegote por pedir mi madre que no me dé tantas collejas, pero ella no le escucha.  Ahora, yo me escondo en la terraza de aluminio visto, y espero que mi madre se olvide de mi abuelo y de mí mientras ella mima al Imbécil.

Yo no tengo toda la culpa por esta situación porque mi abuelo tuvo su parte.  Para empezar, mi padre vuelve en tres días, y mi madre quería un vestido nuevo.  Ella siempre se está quejando sobre el dinero que gastamos en mis gafas que siempre están rotas, pero hoy, ella estaba entusiasmada con tener bastante dinero para su deseado vestido.  Después del desayuno, mi madre nos dejo al Imbécil con ordenes de cuidarlo y no perderlo.  Desafortunadamente, no tuvimos éxito en cuidarlo y lo perdimos.

Mi abuelo y yo queríamos ver a nuestros amigos en el parque del Árbol del Ahorcado, y decidimos llevar al Imbécil con nosotros.

Mi hermanito me siguió hasta el tronco del árbol, donde encontré a Orejones López, a Susana, y a Yihad.

   

Él era Robín mientras jugábamos a superhéroes, pero él empezó a gemir cuando se dio cuenta de que no tenía una superpotencia.  Yo le dije que caminara al banco donde se sentaba nuestro abuelo con sus amigos que tenían problemas con la próstata, y yo lo ví mientras él caminaba pero yo cometí el error de suponer que él haría el camino completo.

 

Después de cinco minutos, yo lo busqué con mi abuelo, pero el Imbécil no estaba allí. Habíamos perdido a mi hermanito.

Me sentí enfermo. Sabía que mi madre me mataría si yo había perdido a mi hermano. Tenía mucho miedo y le dije a mi abuelo:

–       ¡Esto no mola nada! ¿Qué debemos que hacer? ¿Abuelo, debemos

llamar a la policía? ¿O debemos poner carteles y las personas los verán y nos dirán donde está? Sí, ésta es una buena idea. ¿Piensas que ésta es una buena idea? ¿Abuelo? ¿Abuelo? ¿Por qué no me contestas?

Entonces reconocí una expresión familiar en su cara. Estaba pensando. Él se dio la vuelta hacía mí y me dijo:

–       Vamos a buscar a tu hermano en el Tropezón, y si no tenemos éxito

allí, buscaremos en otros lugares. ¡Vamos rápidamente!

Primero, mi abuelo y yo fuimos al Tropezón para buscar al Imbécil. Buscamos en la cocina, debajo de las mesas, y detrás de cada persona. Mi amigo Robín, porque el Imbécil era mi compinche mientras yo era Batman, no estaba en ninguna parte. Entonces, mi abuelo le preguntó al camarero:

–       ¿Has visto mi nieto? Lo hemos perdido.

–       No, lo siento. No he visto a ningún niño. Debéis buscarlo en la oficina

del alcalde.

Por lo tanto, nos fuimos a la oficina del alcalde. Necesitaba encontrar a mi hermanito cuanto antes. Yo era Batman, y Batman no podía pelear sin Robín. Después de la caminata más larga del mundo, llegamos a la oficina del concejal.

Esperé a mi abuelo porque él es viejo, y no quería perderla mi abuelo también. Entramos por las puertas altas del edificio, y fuimos a la oficina de la persona más importante en todo Carabanchel; el concejal.  Llamé a la puerta, y por suerte, el concejal la abrió.  Inmediatamente, yo le pregunté:

-¿Dónde está el Imbécil? Tiene que saberlo, porque usted es el concejal.

-Manolito, no he visto a tu hermano.  Lo siento, pero él no ha venido aquí.

Yo salí, corriendo, con mi abuelo detrás de mí.  Yo corrí a la estación de Metro.

No lo sabía, pero pensaba quizás el Imbécil se escondía allí.  La estación de metro estaba a la vuelta del ayuntamiento, y entonces, llegamos a la entrada en segundos.  Bajamos las escaleras, y buscamos a los drogadictos.  Yo sabía que ellos me ayudarían, porque los drogadictos siempre miraban a los niños. Entonces, yo les dije:

-¿Sabéis donde está mi hermanito? ¡No puedo encontrarlo!

-¿De qué estás hablando?  Cállate, niño. Estoy trabajando.

Obviamente, el Imbécil no querría esconderse aquí.  A Robín le gustaban las personas simpáticas, pero a él no le gustaban los drogadictos.

De repente, supe dónde estaba el Imbécil.  El lugar más obvio en todo Carabanchel; la cárcel.  Mi abuelo todavía estaba bajando las escaleras.  Entonces, le dije que teníamos que volver a la calle.

En minutos, nosotros estábamos llegando al patio de la cárcel.  Orejones López, Susana, y Yihad estaban jugando en el patio, pero Robín no estaba.  No pude encontrar a mi compañero.

Finalmente, nuestra esperanza había desaparecido.  No pudimos encontrar al Imbécil.  Tenía una mezcla de enfado y terror.  Enfado porque el Imbécil era corto de luces y se fue sin decirnos nada.  Terror porque mi madre me había puesto a cargo de él y yo había fracasado.  Mi abuelo y yo entramos en la casa y yo fui inmediatamente a mi cuarto.  Cuando entre en mi habitación, no pude creer lo que vi.  ¡El Imbécil estaba durmiendo en mi cama!  Estaba muy frustrado, entonces le grité:

-¡Imbécil! ¿Por qué siempre me das la lata?

Entonces él se despertó y me contestó:

-¿Que? No hice nada. Relájate.

Enojado al máximo, llamé al Imbécil capitán de capitanes Merluzas.  En éste momento, mi madre entró en el cuarto y oyó todos mis gritos.

Sorprendida por mi comportamiento, ella me dijo:

-¡Manolito! No puedes gritar en mi casa. Soy la jefa de esta casa.

Entonces, con una mano fuerte, ella me dio una colleja y salió del cuarto.  Estaba enojado y avergonzado, y entonces salí de la habitación y me calmé.

Después de pasar unas horas en la soledad de mi habitación, yo decidí a dejar la seguridad de ese cuarto y ver si mi madre todavía estaba enojada.

Cuando ella vio que yo había vuelto de la terraza de aluminio, ella me dio una colleja antes de volver a preparar la cena.  Yo me senté en el sofá con mi abuelo y el Imbécil, y los dos me consolaron antes de volver a ver la televisión.  Gastamos dos horas con los dibujos animados antes de que mi madre nos llamase a la mesa.

Durante la comida, mi madre no me miro, y tampoco no dijo nada.  Cenamos en silencio mientras mi abuelo, el Imbécil, y yo le echábamos miradas furtivas.  De repente, oímos el bocinazo de un camión en la calle, y todos corrimos a la ventana.  En la calle, vimos a mi padre con su camión, Manolito.  En dos minutos, estábamos en la calle con él y estábamos dándole muchos abrazos.  Y a los dos minutos, mi madre había olvidado su enfado con la sorpresa, y mi abuelo, el Imbécil, y yo estábamos tranquilos.

Después de aparcar su camión, mi padre cenó con nosotros mientras mi madre preparaba más comida.  Mi madre nunca mencionó el incidente del día, y mi abuelo, el Imbécil, y yo no le dijimos nada a mi padre.  Entonces, nosotros pasamos una buena cena, y mis padres fueron al cine después.  Mi madre llevaba el vestido que había comprado ése día, y ella estaba muy guapa.

Cuando ellos volvieron, nosotros les miramos para ver si mi madre le había dicho algo a mi padre, pero ellos estaban muy felices después de ver una película cómica.  Entonces, mi abuelo, el Imbécil, y yo dimos unos suspiros y nos relajamos.  Si mi madre no había mencionado el incidente antes, yo no diría nada.  Entonces, el incidente es un secreto entre nosotros cuatro, que no oirá mi padre.  Esa noche, mi abuelo, el Imbécil, y yo dormimos sin las pesadillas de la cólera de mis padres y con la seguridad de un secreto bien guardado.

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